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domingo, 1 de septiembre de 2019

Las Islas Nómadas-VI


2301-2400

Cuando se llega a la isla de Oslo sabes que estás a punto de crecer de inmediato y, a la vez, tienes miedo de todo, incluso de la rima consonante.
Poco a poco te recuperas y ya estás dispuesto a todo, incluso a saltarte la nueva ley que prohíbe que haya más de dos personas simultáneamente en una misma isla.
Entonces es cuando llegan las nubes de oro.

Es cierto que en la isla de Brueghel tanto Ángel como Fabiano se sintieron fascinados, fueron conscientes de que nunca deberían salir de esa Isla de las Delicias, de ese resplandor entre el Cielo y el Paraíso, de ese ignorar el Infierno, de esa explosión de imaginación y creatividad.
El problema estaba en que esta isla era invisible para los ojos, los radares y para todos los sistemas de detección. Por eso, mientras el capitán del barco aseguraba que no habían llegado, Ángel y Fabiano insistieron en desembarcar en lo que para ellos dos era el mejor panorama que podía pintarse. Y así, detenidos en un mar sin islas según los expertos marinos, ellos llegaron a uno de sus destinos múltiples, casi se podría decir politeístas.
La mejor belleza podía darse en el mundo, aunque ya sabían que los dioses y la materia y la energía habían formado el universo bien y la belleza-verdad-bondad humanas bastante mal. No se puede tener todo, les decían. Lo bueno es escaso, la belleza es efímera, la verdad interpretable, comentaban otros. Pero para ellos la vida era bella, la búsqueda de la verdad incurable y la bondad estaba presente en cada intento.
A pesar de la niebla.




2401-2500

Rotas están las islas abandonadas, abandonadas porque no respiran, no respiran porque les falta el aire de arriba, les falta porque la primavera se ha escondido, se ha escondido porque no quiere relacionarse con islas abandonadas.
Tal vez por eso las palabras, antes bien sujetas por ganchos perfectos a cables del acero más sólido y estable, se sienten perdidas, flotan en el aire, no saben a qué significado unirse ni aciertan a formar frases con sentido, mucho menos a componer juicios y razonamientos que les exigirían saber algo o, al menos, estar conectadas al centro de distribución de sentidos y significados.
En este sentido las rutas de las principales líneas navieras han establecido que solo son visitables una de cada cien islas. Si el catálogo está bien hecho, de 7.777 islas se pueden visitar 77, eso sí, todas ellas están conectadas entre sí de tal modo y manera que, sin descender del barco, uno puede ir a cada una de ellas con absoluta comodidad.

La isla de la Humanidad es inconmensurable.
Y así empezó todo, como si fueran improvisando, y llegaron Ángel y Fabiano a una nueva isla del Laberinto, a  veces el desierto, a veces nieve, niebla, a veces familia que habla, discute y no se entiende, a veces palabras.
Pero, cuando todo sale bien, la vida es prodigiosa. Y esto es lo que le dijeron a la Diosa de Heráclito cuando se encontraron con ella.
–Ángel: Aunque ya lo sabes tenemos que decírtelo: estamos fascinados contigo. Esperábamos encontrarnos con una "diosa mayor", simpática, que habría "envejecido diez años" en un verano y nos encontramos con una diosa joven fascinante, encantadora y maravillosa que ha rejuvenecido veinte, es decir, con los años más deliciosos que existen. Nos has contado una mentira, pero te perdonamos. A las diosas y a los dioses se les perdona todo.
–Fabiano: Una vez repuestos del impacto que supone volver a verte y estar en presencia de tanta Belleza, Bondad y Berdad (con tu verdad indisoluble de tanta Belleza), también conocemos a tu familia, a la que le has prestado magia, duende y alegría. Ya decía Platón que "la belleza es el esplendor de la verdad", aunque no dijo que la verdad es la presencia de tanta belleza. Rousseau decía que "lo bueno es lo bello puesto en acción", en la acción de ser generosa sin límites.
–A: Qué podemos decir, nos rendimos ante tal grado de perfección. Pero, por favor te lo pedimos, para otra vez avísanos de que has dispuesto de los más hermosos colores alrededor de tu cuello y que ibas a ponerte ese abrigo rosa fucsia y ese pelo rubio amarillo dorado áureo tan sublime y delicioso que los mismos ángeles van a tener que ir a la peluquería celeste para lograr algo parecido.
–F: Ya sabes que también somos algo sensibles y que, ante tal despliegue de encanto, de sensibilidad, de dedicación  y de bondad, no nos ha quedado más remedio que ingresar en la Unidad  Coronaria del Hospital más cercano para que estabilicen, dentro de lo posible, estos corazones nuestros sometidos a tan alto grado de estímulos absolutos.
–A: ¿A quién se le ocurre ser diosa en un mundo con tantas deficiencias?
–F: ¿Cómo es posible contemplar tal acumulación de maravillas y seguir vivo? 
–A: Como diría nuestro Nietzsche: "Solo como fenómeno estético están eternamente justificadas la existencia y el mundo", está claro que en su inmenso genio debió intuirte y adivinarte.
–F: También queda demostrado que los dioses, la materia, la energía y todas las leyes y secretos del cosmos se han aliado para generarte, por eso ya no nos queda otro remedio que abandonar el ateísmo. Cómo no creer en la diosa de la Belleza.
–A: Como diría Ángel González, sabemos que existimos porque tú nos imaginas, porque hablas con nosotros, porque nos haces el honor de hacerte visible. Nuestro San Juan diría que vas "mil gracias derramando", mejor dicho, muchas más que mil.
–F: Y logras ser diosa a tiempo completo y serlo con intensidad; cuidar a todos, también con intensidad, y avanzar como maestra de yoga Cen (versión Celestial del zen) y todo con una exquisita manera de ser y de estar en el mundo. Mil gracias por todo.
–A: En cualquier caso lo primero que queremos hacer es justificarnos, no corregirnos, ya que -como tú muy bien dices- en este tema somos incorregibles. No hay halagos, solo reconocimiento objetivo de la realidad. –F: Si el encuentro no es un sueño inspirado por las musas ni una alucinación divina, ni una especie de invasión de un programa de realidad virtual corregida de defectos y aumentada de virtudes, entonces está claro que debemos rendirnos a la evidencia. 
–A: Y es que ya lo decía Descartes, regla número 1 del Discurso del Método, no admitir nada en la mente que no sea evidente, que no se perciba con absoluta claridad y distinción. Y te juramos y prometemos que te percibimos con absoluta claridad (por no hablar de clarividencia) y distinción (para no hablar de tu elegancia extrema, de tu estilo sublime y sin sombra).
–F: Lo que no debes es "abusar" de tu presencia y de tu figura porque, como bien decía Lorca, "conocí a un hombre que barría su tejado y limpiaba las claraboyas solo por galantería con el cielo"; pues eso, lo mejor ha de hacerse siempre por galantería con el Cielo.
–A: Resuelto el primer problema, te diremos que nos alegró, alegraste, alegrabas, alegra... verte tan inconmensurablemente bien.
–También os veo bien.
–F: Gracias por vernos bien, eres muy generosa. Lo que sí es cierto es que parecía que nos hemos visto unos días antes. Y la que has ganado en luz, alegría, sabiduría y serenidad eres tú. Lo que nos hace muy felices.
–A: El Palacio se ilumina con vuestra presencia, sin duda es un honor y una suerte para nosotros hacerte un regalo, no lo dudes. Por cierto, se me ha ocurrido que estas horas que estamos juntos bien filmadas por un buen director, darían para un excelente largometraje, lleno de belleza.
–F: Algunos diálogos más. No sé. Es una idea a desarrollar para la próxima ocasión. La Diosa insuperable, todos muy bien, también los actores.
–A: Y debes saber que es coherente tu ascenso en el mundo del yoga, ya Kierkegaard hablaba de que todos los humanos podemos pasar por un estadio estético, uno ético y uno religioso o espiritual. La Belleza es evidente, la Bondad más que demostrada y tu ascenso espiritual es imparable. 
–F: Esperamos merecer por eso que seas algún día nuestra guía espiritual ya que creemos que existe un acceso privilegiado al nirvana y que solo es posible ante la persona diosa adecuada. 
–A: Ningún palacio puede mejorarse con decoración, la realidad es que la genialidad arquitectónica solo se logra cuando llega la visita más iluminadora. Lo decía Platón sobre la dialéctica emocional:
"He aquí el recto método de abordar las cuestiones amorosas: empezar por las cosas bellas de este mundo, teniendo como fin la belleza en sí, y valiéndose de ellas como de escalas, ir ascendiendo constantemente, yendo de un cuerpo bello a dos, y de dos a todos los cuerpos bellos, y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de ellas a las bellas ciencias y partiendo de éstas, hasta la ciencia de la belleza absoluta, y llegar a conocer por último lo que es la Belleza en sí. Éste es el verdadero momento en el que adquiere valor la vida de un hombre: cuando contempla la Belleza en sí" (El Banquete, 211 e).
–F: ... Es lo que nos pasa a nosotros.
–A: A veces nos da la impresión, pasajera, de que se puede superar a San Juan de la Cruz cuando decía que "no hemos venido a ver sino a no ver". Lo sentimos por nuestro querido San Juan (y lamentamos ser tan poco humildes), pero hemos visto, te hemos visto.
–F: También Borges en La Biblioteca de Babel decía:
"No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique".
–A: Y te aseguro que ese libro existe, que lo hemos leído; que ese honor, esa sabiduría y esa felicidad existen, que el Cielo existe, que todo está justificado.
–No hacéis más que exagerar.
–F: Los mejores músicos saben que, antes de atreverse a componer cada mañana, deberían escuchar a Bach. Y también es cierto que hay personas que, con solo su presencia, superan los más bellos monumentos sonoros del gran J. S. Bach.
–A: Tú y tus compañeros de yoga sabéis que su práctica genera endorfina y serotonina, produce relajación y sensación de placer; pero hay sonrisas más sanadoras, gratificantes y perfectas que cualquier meditación.

–F: Es cierto que queremos contratarte como modelo de alta costura, qué digo alta, altísima costura inconsútil y como actriz para un largometraje perfecto en el que no faltaría ni sobraría nada. Y no te rías mucho cuando leas el epitafio que decía: "A mi muy querida madre que, después de haber vivido 35 años con mi padre, nos dejó con la esperanza de una vida mejor". Es cierto, existe una vida mejor.
–F. Debes saber también que nos disgusta la expresión "divina de la muerte", cuando te vemos "divina de la vida". Por eso los expertos que trabajan en cuidados paliativos aseguran que en el momento final nadie echa de menos haber tenido un coche mejor, haber ascendido más en su empresa o cualquier cosa semejante, ya que parece ser que todos dicen que les habría gustado pasar más tiempo con sus seres queridos. Debe ser por eso que a nosotros también nos gustaría volver a verte más a menudo.




2501-2600

Todas las islas triangulares envidian a la isla Circular por su arena amarilla, sus árboles verdes, sus elegantes mareas y maneras, su saber estar y detenerse y leer entre líneas.
Las islas con esquinas ruegan a las olas que erosionen con rapidez y eficacia sus acantilados y todos sus vértices, saben que las islas más deseadas son casi circulares y están rodeadas por playas de arena fina por todos sus puntos cardinales.
Todas las islas quieren ser afortunadas.

La isla de Italo Calvino es invulnerable. Eso lo sabemos todos.
Al poner sus pies en tierra tanto Ángel como Fabiano sintieron  que, de repente, la vida se disparaba, que las musas debían visitar a menudo aquel espacio lleno de una belleza otoñal tan resplandeciente.
Se encontraron a Gabriel, la persona Despierta, la que ha logrado la iluminación, la que transfigura. Pero eso eran palabras, lo decisivo es que lo que parecía una comida para tres se convirtió en una fiesta para toda la extensa familia de la Isla; lo que imaginaban posible, árboles con las hojas amarillas todo el año, se ampliaba hacia lo extraordinario, todos los años pasaban sin caducidad. Lo que era un viaje de investigadores se transformó en una invitación a vivir en buena compañía; la lluvia se convirtió en gotas de luz y todo era fácil, sencillo, posible, de una autenticidad tan deslumbrante que molestaba a los más prudentes.
Si no fuera por los arcoíris que poblaban la isla sin necesidad de lluvia, de la lluvia que caía sin mojar a sus habitantes, de los habitantes que residían allí sin alterar el paraíso, del paraíso que se adivinaba para todos… Si no fuera por aquellos sueños de los que no querían despertar.
Después, muchos años después, prosiguieron su viaje.
2601-2700

La isla Sonriente es la que promete la vida más larga y también entender el misterio del cuadro de Las Meninas de Velázquez.
Solo por llegar a Ítaca han enloquecido miles de poetas, es lo que tienen las islas de los dioses. Pero la cuestión no es llegar a Ítaca, ni siquiera el viaje, la cuestión es quién acompaña al viajero.
Las islas griegas están habitadas por mitos tan hermosos como desorbitados. En cualquier caso es necesario subir hasta el monte Olimpo.
En la isla de la Imprudencia las madres celebran que sus hijos no hayan sido prudentes, se alegran cuando se han mojado, cuando no se abrigan y no llevan paraguas si hay predicción de lluvias; por eso celebran que falten a clases gravitatorias, que no calculen demasiado, que no sean tan previsibles, que se dejen llevar por la ingravidez, que se rían con la vida y le den otro significado a la alegría, Allí nadie tiene fecha para sentar la cabeza. A veces incluso pueden vivir sin usarla.

La isla de Heráclito es invisible. En esta isla tendrás que considerar los días malos como buenos días y aceptarlos. La teoría del Hedonismo Utópico, para no fracasar y mostrar sus limitaciones por todas partes, tendrá que afirmar que los días nublados son aceptables, que los grises son amarillos, que lo apagado está a punto de encenderse, que todo lo que sucede, de alguna manera y en alguna medida, contribuye al orden y al bien general.
Es difícil de aceptar, de entender y de trazar, pero es así como dos optimistas, dos virtuosos de la inocencia optimista como Ángel y Fabiano, han de vivir todo lo que sucede.
Adentrarse en la isla solo es aparentemente sencillo, cada paso y cada mirada requieren un análisis exhaustivo de todas las posibilidades. Todos los fragmentos son verdaderos simultáneamente, todos los aforismos veraces al mismo tiempo, todas las sentencias oportunas en cada instante, todas las leyes son siempre de obligado cumplimiento y todos los refranes funcionan a la vez.
¿Quién se atreverá a dar el primer paso?
El primer paso es el último paso.
Caminar es una manera activa de estar detenido.
Detenerse es ya estar preparado para el cambio.
Cambiar es imposible.
Lo imposible es lo que sucede en el tiempo.
El tiempo fluye y no se detiene porque, si lo hiciera, todo colapsaría, la materia y la energía dispuestas en cada instante lo atraviesan en busca de su recorrido.
Recorrer, mover, transformar, cambiar, son formas de nombrar lo que hace el Cosmos constantemente.
Lo constante es lo que no permanece.
Lo que permanece es el cambio incesante hacia lo infinito.
El infinito es un momento de la existencia en el que alguien contempla el Orden y la Belleza del Cosmos y, sin entender, entiende.
Lo que se entiende tiene un valor relativo, hay algo por encima del entendimiento, lo que está ahí y es preciso, valioso, único, insustituible y bello.
La belleza es la mejor forma de entender el mundo, donde se alcanza lo inalcanzable, lo sagrado, lo incalculable, el vértigo.
El vértigo es lo que no nos atrevemos a vivir, a pensar, a desarrollar…
¿Quién se atreve a vivir el primer paso?




2701-2800

Ya no quedan archipiélagos invisibles ni es fácil adivinar si la igualdad y la libertad pueden coexistir con la justicia. La isla Libertad es otra de las islas más buscadas por navegantes, exploradores, piratas y bucaneros.
Hay que ser muy intrépido para atreverse a obsesionarse con ella, nunca es posible adivinar por dónde saldrá su querer y su hacer.
Las islas más libres a veces no son islas y son personas, jirafas, montañas, telescopios, música de las esferas, palabras… y flotan como el castillo suspendido en el aire de Magritte.

En la isla del paraíso Natural escuchar lo sonidos que se producen al caminar por encima de las hojas caídas en otoño en los grandes hayedos forma parte de la aspiración más elevada de la humanidad.
Allí la música es la única manera de neutralizar el tiempo, de retenerlo, de jugar con él, de envolverlo en ritmos que avanzan y regresan al origen, que se envuelven en volutas de verdad.
En esta isla Ángel y Fabiano descubrieron que Dios o Diosa es de todos, no de uno; que la expresión “Dios mío” no tiene sentido porque la perfección no es privada, es común, de todos y para todos.
Fabiano llegó a considerar que tal vez ese Dios-a puede estar cansado de toda la belleza existente y que, de alguna manera, se ha ido desentendiendo de sus tareas de espectador, observador, contemplador, admirador de las pequeñas acciones de la humanidad.
Ángel no está de acuerdo con Fabiano, la atención absoluta de un ser infinito no está limitada ni se agota por seguir la trayectoria de cada una de las partículas elementales que componen la totalidad de lo real y de lo irreal. Luz y serenidad, alegría y belleza. Es imposible que un ser tan exquisito se canse y abandone la contemplación de todas y cada una de las hojas que caen.
Diosa-s no necesita tornillos, soldaduras, pegamentos ni puntos de unión para dar estabilidad a toda la inmensidad del cosmos. Es suficiente que prosiga el juego continuo con unas pocas leyes de la naturaleza.
Leyes presentes en cada momento y en cada lugar del universo, en una totalidad que no se olvida de ninguno de los dados que los humanos lanzamos en cada una de nuestras acciones.
Que la conciencia y la inteligencia humanas sean restringidas, que el escenario de lo consciente sea tan pequeño, que la totalidad de palabras y frases no pueda hacerse presente en unas mentes-cerebros separados, que solo podamos leer y entender una oración a la vez y no en todos los idiomas posibles y necesarios, y que no podamos seguir la partida simultánea de este inmenso juego de hiper-ajedrez en este laberinto galáctico indica nuestras limitaciones, pero no dice nada sobre el número creciente de definiciones, de espejos, de interpretaciones.                          



2801-2900

La isla más escéptica está siempre envuelta en niebla. Cada vez que ha sido descubierta la aventura ha terminado en naufragio, erupción o sentimiento. Y eso sí que no, lo que le faltaba a una isla es sentir su soledad en medio del océano. No hay flotadores ni operaciones de salvamento para esa circunstancia.
Todos los que llegan a esta isla creen que han descubierto el “Mediterróneo” y, en efecto, también en esto se han equivocado, están en el mar “Mediterrante”.

Las islas que tienen hijos, los islotes, siempre están preocupadas por lo que será de ellos, la erosión, el viento, las mareas, las olas, las tormentas, las gaviotas, todo es motivo de intranquilidad y desvelo.

Al llegar a las Isla de los Bienaventurados nadie puede imaginar que las delicias que allí se otorgan sean posibles.
También a Ángel y a Fabiano les costó trabajo aceptar tal grado de perfección pero tuvieron que rendirse a la evidencia. Si esa exquisita manera de estar en el mundo es posible debería clonarse y hacer todo lo posible para que pudiera repetirse y extenderse y expandirse por todos los puntos cardinales.
Los humanos han de saber que esa sonrisa existe, que el árbol áureo dona sus hojas al viento en otoño, que en cada atardecer los rayos solares transforman en oro todo lo que tocan.
Cuando Fabiano y Ángel vieron la isla entendieron los mejores oratorios de los músicos barrocos, los maravillosos paisajes terrestres, la bendición de estar vivos y de haber tenido la oportunidad de ver, de mirar y de contemplar.
El Sol, antes esférico, se convirtió en un anillo solar sin núcleo, en corona solar irradiando el mejor círculo, en círculo solar sin interior, en aureola sagrada en cada gesto, en halo de energía vital, en aura de amabilidad, en nimbo de oro descargado de ambiciones.
No preguntéis lo que hicieron Ángel y Fabiano, los sueños perfectos no se cuentan, las realidades delicadas solo se manifiestan a los espíritus preparados.
Y Ángel sonreía.
Y Fabiano daba las gracias.
Los tripulantes del barco, que nunca desembarcaban en ninguna isla, también notaron cierta dicha y abandonaron para siempre la vulgaridad y la música barata.
A partir de ahí todo empezó a ser celebrado.



Las Islas Nómadas-V



1701-1800

La isla más tímida siempre está escondida o sumergida, pero se mantiene a flote gracias a su poderosa alegría.
La isla sumergible, la isla submarina, la isla apenas existente que solo dialoga con las ballenas.
Las ballenas son islas evolucionadas, como los baobabs y las jirafas voladoras.
La isla griega más apolínea está pintada al óleo áureo más refinado.

La isla de Islandia o de Holandia es la más difícil de encontrar, de ver y de contemplar.
Cuando Fabiano y Ángel llegaron a la isla lo primero que hicieron fue abandonar toda pretensión de aumentar su conocimiento, simplemente se dejaron llevar por todo lo aprendido, por lo que vieron como dinamismo, encanto y perfección. Por primera vez aparecieron los árboles y las praderías, los manzanos, los avellanos y los nogales. Una montaña casi vertical acentuaba su encanto, casi era imposible imaginar una isla como Es Vedrà que, con una base que no superaba el kilómetro de longitud, sin embargo se elevaba 7.777 metros sobre el nivel del Mar Erráneo en la provincia de Asturania.
Pero no eran sus praderías con sus frutales ni su montaña gigantesca lo que acentuaba su carácter de paraíso natural, su encanto radicaba en las gracias  derramadas, según el dictamen de San Juan de la Cruz.
La solución estaba delante de sus ojos, pero no sabían reconocerla. La verdad estaba allí y no la entendían. La Belleza residía en la isla y no sabían celebrarla. La bondad los transformaba, pero no podían hacer nada con ella.
Cuando Fabiano decidió plantar una secuoya al botánico de la expedición le pareció una buena idea, cuando empezó a crecer delante de sus ojos todos quedaron fascinados. Ángel calculó que estaba creciendo de una manera extraordinaria, mil metros en la primera hora hasta llegar a 7.777 metros en algo menos de ocho horas. La misma altura que la montaña, el mismo número de islas, eso indicaba algún tipo de significado que debía ser analizado y descubierto.
Al terminar el día Ángel y Fabiano todavía no salían de su asombro. Allí permanecieron 77 días y 77 noches que, a efectos prácticos, no quedaron registrados ni en el cuaderno de bitácora del capitán del barco ni en la novela que algún cervantino deseaba estar escribiendo para uso y disfrute de las siguientes generaciones, ya que con la actual, calculaban que habría muy pocas posibilidades de relatar algo interesante sin interrupciones.
Y bien estará indicar aquí que, pese a todas las dificultades geográficas y de navegación, Ángel y Fabiano se atenían en todo lo posible al plan establecido ya que esas eran las órdenes y los plazos marcados.
Nadie sabe muy bien cómo ni de qué manera lograron que sus paradas prolongadas en algunas islas no se anotasen como duración, no se contabilizasen como días sucesivos del calendario y no constasen como paso del tiempo. Siempre había algo misterioso en las islas, sobre todo en esta isla tan afortunada como desconocida.


1801-1900

Una isla nunca tiene solución. Sobre todo cuando desea ser istmo con todas sus fuerzas o ser península o continente o planeta sólido completo.
La ambición lo estropea todo, excepto las sonrisas bondadosas. E incluso las sonrisas con el tiempo se hacen flores inmarcesibles que se marchitan.
La vida del viajero se parece en todos los momentos de la historia, a veces se trata de llegar, a veces desea detenerse, en algunas ocasiones comprende el dolor y la felicidad de los otros. Pero no siempre.

La isla Intemporal no padecía ningún fenómeno meteorológico extremo, no llegaban tormentas ni borrascas, ni tempestades ni galernas. Es lógico, pensaron Fabiano y Ángel, una isla Intemporal no puede tener temporales, una isla Eterna no puede convivir con el tiempo, una isla inmune al paso del tiempo no puede verse sometida a la acción y a la erosión de las olas y del viento. Por no les extrañó que, en vez de playa, la isla tuviese horizontes; que en lugar de límites, la isla estuviese rodeada de anillos de Saturno que giraban a su alrededor y a 777,7 metros de altura.
El astrónomo de la expedición intentó calcular la posibilidad de que un acontecimiento semejante se pudiera dar en la Tierra y llegó a la conclusión de que lo que estaban viendo era imposible.
–Si estos anillos son imposibles entonces la eternidad es imposible, dijo Ángel.
–Si lo que vemos con nuestros propios ojos no es posible, entonces la Intemporalidad es imposible, le respondió Fabiano.
–Lógico, dijo Ángel, lo in-temporal es im-posible.
–Eso quiere decir que fuera del tiempo no hay nada posible.
–Eso me cuesta mucho aceptarlo, es posible que fuera del tiempo haya posibilidades que no imaginamos.
–O que fuera de lo que podemos imaginar existan otras temporalidades y hasta eternidades intermitentes.
–No lo sabemos.
–Es cierto, no lo sabemos, pero podemos sospechar que el tiempo es un obstáculo para la eternidad.
Al acabar el día (que no se terminaba en la isla Intemporal) prosiguieron su viaje, aunque ellos nunca abandonaron aquella isla. 
1901-2000

Cuando llega el silencio a la isla de la Música Dorada todos los náufragos se reúnen alrededor del Círculo de Luz. Entonces la isla se convierte en atolón y dibuja y constituye un círculo perfecto.
De esa forma surge la armonía ascendente y las aves mayores consuelan a los ciervos vulnerados. Ya no se producirán más  abandonos.
Todo es tan perfecto que no falta quien lo considera aburrido, predecible y falto de interés. Es posible que granice y nieve a la vez, que llueve y salga el sol simultáneamente, que el arcoíris se muestre en plena noche con luna llena. Es posible todo.
El archipiélago es como un coro de olas celestiales movido por la mejor música.

Ángel y Fabiano no podían creer que en el Mar de Dudas que rodeaba a la Isla de la Evidencia se pudiera caminar sobre las aguas, como decían que a su debido tiempo había hecho Jesucristo.
En cualquier caso lo que más les impresionó de su estancia en la isla que se rinde a la Evidencia era que la luz era como de atardecer y las estrellas estaban literalmente al alcance de la mano. De hecho las más bajas estaban a 1,777 metros de altura y las más altas, según calcularon, a 7,771 metros. Pero, más importante que las mediciones exhaustivas a las que estaban obligados por contrato era la experiencia de tener mundos en sus manos, los podían tocar y mover, aunque cariñosamente regresaban a sus órbitas y posiciones originales. Esas pequeñas luces y esos pequeñas esferas que giraban en torno a las estrellas del microcosmos debían ser uno de los regalos más originales del cosmos, pero no eran proyecciones de luz como en los planetarios, ni simulaciones en holograma como en una escena de una película de la mal traducida como “La guerra de las galaxias”. Se parecían muchísimo más a las esculturas móviles del gran artista Alexander Calder.
Mucho tuvo que insistir el capitán del barco para que, al finalizar el día y el plazo de estancia en la isla, ellos, Fabiano y Ángel, aceptaran abandonarla. De alguna manera embarcaron, pero se dice que durante años su mente, su alma, su espíritu y su imaginación continuaron jugando con aquel universo tan a su alcance, seguían disfrutando de todo lo vivido a manos llenas, sin interferencias, sin penas ni olvidos.


2001-2100

En estas zonas del mundo las islas disimulan su origen y no le cuentan a nadie ni su condición ni su estado.
A este fenómeno se le ha dado en llamar islismo, que parece ser más un movimiento de una nueva vanguardia artística que una moda social.
Los íslicos son seres que prefieren no sufrir demasiada compañía, sobre todo de los que hablan demasiado.
Los que saben lo que se debe hacer no tienen problemas, pero algunos tienen dudas.

En esta isla sonaba la “Danza de los Bienaventurados”, de la ópera “Orfeo y Eurídice” de Gluck, que daba nombre a la isla, isla Gluck o isla  de Gluck. Lo que no vieron por ningún lado es el célebre paralepípedo o monolito negro de la película “2001. Una odisea en el espacio”. En el centro de la isla, como en muchas del archipiélago lineal, había una esfera de 7,777 metros de diámetro.
Su odisea no estaba siendo muy complicada, no se encontraron con nadie, ¿es posible que todas las islas estuvieran deshabitadas?, ¿o es que su reciente aparición hacía imposible que hubieran sido descubiertas y colonizadas? Los náufragos son como espíritus hiperbóreos y ya no se cuentan entre las personas que habitan el mundo terrestre.
Era posible que ellos fueran los primeros visitantes, los primeros en pisar sus playas y superficies, los primeros en admirarlas.
Ángel no sabía por qué sonaba esa música divina, tan celestial y perfecta. Fabiano comentó que esa serenidad solo se conquistaba en la madurez de seres no pervertidos ni contaminados por la riqueza, que conocían de alguna manera la virtud y comprendían el valor de la amistad y el amor. Pero a Ángel todas esas palabras le sonaban a músicas celestiales, incluso demasiadas veces le habían parecido ya palabras bastante vacías y metáforas demasiado poéticas.
Fabiano a veces creía en las palabras, pero no siempre. También él había sido castigado por la realidad.
¿Encontrarían alguna vez la manera de creer en lo que estaban buscando?, ¿sabían lo que estaban buscando?, ¿si lo encontrasen lo reconocerían?, ¿si lo reconociesen sabrían acercarse?, ¿si se acercaran llegarían a alguna parte?, ¿y si llegasen a alguna parte, qué pasaría?
2101-2200

El catálogo general de las islas ya no está disponible, la tarea de completarlo era tan infinita como imposible e inabarcable dada tanto la natural disposición de estas islas para el cambio como la brevedad de la vida humana.
Si a esto añadimos que un sinnúmero de icebergs también querían ser catalogados y clasificados como islas efímeras, entonces podemos imaginar la magnitud del problema y la dinámica del asunto.
El hecho de que algunos quieran hacer exposiciones enciclopédicas y catálogos razonados con todas las islas conocidas y reconocibles no hace más que confundirlo todo, ya que una cosa es la geografía y otra un Museo de Arte Contemporáneo.

La isla del Descanso es una de las más raras, dado que el mundo se ha visto invadido por mil millones de maneras de perder la atención y el tiempo.
Dicen los que hasta aquí han llegado que, en una ocasión, todos los habitantes de la isla se acercaron a sus playas en un atardecer nublado, que parecía que todos pretendían suicidarse a la vez pero que, en un instante, un imprevisto y potente rayo de sol tan amarillo como naranja los dejó tan fascinados como asombrados e indefensos. Desde entonces la luz es su más poderoso estímulo vitalista, su cómplice en la captación de la alegría y su fuente de optimismo, su debilidad es ahora su máxima fortaleza.
Ahora pueden descansar del torbellino imparable del mundo, ahora no necesitan las invenciones constantes y los descubrimientos permanentes. Ahora se han escapado del tiempo y no permiten que sus agujas giren cortando su eternidad en cómodos pedazos que antes llamaban milenios, siglos, años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos… Ahora no mencionan nada relativo a su pasado temporal y, si lo hacen, hablan de milenios de eternidad, siglos infinitos, años de permanencia, meses de duración, semanas de continuidad, días perennes, horas perpetuas, minutos inmortales, segundos inolvidables, sonrisas en constante desarrollo… que no les falte la risa.
Los que han llegado hasta este nivel no son precisamente muy jóvenes y parece ser que todos conservan en su interior todo aquello que no han sabido hacer bien.
En ese proceso de maduración y depuración saben que solo deben dedicar su atención a las mayores y mejores realizaciones del espíritu, del arte, de la filosofía, de la ciencia, del conocimiento y de todo lo que sea de la misma sustancia y condición.



2201-2300

Se alejan las islas del ajedrez y de la gramática más lógica, improvisan, se hacen absurdas o surrealistas, o consideran seriamente ignorar su condición de seres reales aislados, solitarios, únicos e inconformistas.
Además han decidido desconfiar de cualquier narrador humano, son conscientes del peligro que corren cuando su historia es contada por náufragos cuentistas sin escrúpulos, muchas veces huérfanos de todo y sin ninguna vocación definida.
Entre las islas y los humanos no han ido siempre bien las cosas.

La isla de Platón es ideal, por eso no es fácil de encontrar ni de reconocer, acostumbrados como estamos los seres humanos a traficar con la parte más material y cotidiana de la realidad insistente.
La isla Ideal no resuelve nada, pero enseña mucho; no soluciona nada, pero parece explicarlo todo; no está en nada, pero parece elevarse hasta el infinito.
Pocos son los habitantes de esta isla; una, dos, como mucho tres personas divinas que se van sucediendo y que, en raras ocasiones, pueden convivir en la perfecta armonía del preludio del aire más puro y elevado.
Cuando llegaron Ángel y Fabiano estaban en la isla tres diosas idealizadas, bienaventuradas, que se habían despojado de toda materia reconocible y en las que solo permanecía la dulce armonía de los seres serenos y felices.
–Dichoso es el día en el que unos humanos como nosotros gozamos del inmerecido placer de contemplar tan elevadas bellezas, dijo Ángel.
–Y feliz el que puede decir: confieso que lo he vivido, aunque solo sea un momento, añadió Fabiano.
–No debéis hablar con nosotras desde tan abajo, somos seres como vosotros, y estamos sometidas a las mismas leyes de la naturaleza que nos gobiernan a todos, dijo la primera diosa.
–También tenemos enfermedades y envejecemos como vosotros, dijo la segunda diosa.
–No somos especiales, concluyó la tercera.
–Lo que vemos afirme lo contrario, este despliegue de luz sonriente y cálida solo puede surgir de lo perfecto, afirmó Ángel.
–Apariencias, dictaminó la primera diosa. Lo que veis solo son quimeras  e invenciones vuestras, alucinaciones debidas a un deseo de hallar algún tipo de prodigio.
–No son apariencias y, si lo fuesen, benditas apariencias, hermosas y gozosas y placenteras manifestaciones de lo que debería ser una divinidad enteramente dichosa, dijo Fabiano.
–No exageréis, esta isla produce estas distorsiones y muestra a los pocos navegantes que hasta aquí llegan, lo que más desean elevado a su máxima potencia, afirmó la segunda diosa.
–Sea como sea y se produzca como se produzca está claro que un átomo  de esta perfección es más valioso y preferible que muchos miles de universos tan sólidos como anodinos e insustanciales, insistió Ángel.
–No debéis creer lo que creéis estar viendo, esto no es más firme y duradero que una aurora hiperboreal, aseguró la tercera diosa.
–Aunque tuviese la misma duración que un pétalo de un humilde cerezo del sendero menos transitado del pueblo más olvidado de Japón, seguiría teniendo sentido, volvió a insistir Ángel.
–No debéis hacerlo, dijo la tercera diosa.
–¿Qué es lo que no debemos hacer?, preguntó Fabiano.
–No debéis entregaros en cuerpo y alma, por completo, a esta ilusión, contestó la tercera diosa.
–¿Qué tiene de malo?, preguntó Ángel.
–Lo que tiene de malo para vosotros es que, si os entregáis por completo a la idealización, después no sabréis vivir en vuestro mundo y empezaréis a nombrarlo como mundo de abajo, respondió la segunda diosa.
–¿Y si queremos correr ese riesgo?, preguntó Fabiano.
–Tenéis que saber entonces que pocos resisten el regreso a su mundo, que lo vais a considerar inferior, inválido y poco apreciable, dijo la primera diosa.
–Somos como somos y lo que queremos es contemplaros, la ausencia que sintamos después es cosa nuestra. Debemos asegurarnos de que la Biblioteca existe y que la hemos visitado y recorrido, que la Belleza existe y la hemos contemplado, que la Verdad existe y la hemos escuchado, que la Bondad existe y la hemos vivido, dijo Ángel.
–Todo eso suena muy bien pero, en la realidad las cosas no son tan fáciles, dijo la primera diosa.
–Sea fácil o difícil nosotros seguiremos insistiendo y no nos importa que las auroras boreales sean apariencias efímeras, que la realidad sólida y física lo sea solo durante un tiempo, que la vida no sea duradera, que el cosmos-universo-mundo evolucione aparentemente durante miles de millones de años, que el ser muestre permanencia, que Dios y los dioses aparenten eternidad y hasta que las palabras que usamos sean temporales e históricas, concluyó Fabiano.
–Es que la isla ideal es un inmenso camino iluminado por luciérnagas, dijo Ángel.
–La luz solo es un simulacro, dijo la primera diosa. Una ilusión más en esta isla de ilusiones.
–Maravillosas ilusiones son estas y, como diría Don Quijote, “yo sé y tengo para mí” que esto es lo más correcto, digno, virtuoso, inteligente, verdadero y bello que puede vivirse, dijo Fabiano.
–Ahora sí que estáis perdidos, dijo la última diosa.





Las Islas Nómadas-IV


1401-1500

Un poco más al sur del trópico sin cáncer se encuentra la Isla Verde Esmeralda, también conocida como Isla Esperanza. Dicen que los que llegan hasta allí se sienten tan afortunados que, suceda lo que les suceda, ya nunca volverán a vivir ningún infierno.
Por desgracia el número de afortunados es muy limitado.
Por suerte el número de límites es desconocido.
En cualquier caso el número de desconocimientos es impresionante.
Todo indica que el número de impresionistas sigue creciendo.
Aseguran que el número de lo que crece es otro número.
Pero el número que se refiere a sí mismo es autorreferencial, se mira al espejo y se vuelve todavía más virtual.
Los números impresionistas solo se calculan aproximadamente… y de lejos.

En la isla de las Ideas Fabiano y Ángel se sintieron a gusto. La mayor parte de la superficie de la isla era fácil y cómoda, todo estaba bien indicado.
Las ideas más  atrevidas se situaban en las partes más elevadas, llamadas en otros lugares montañas, Picos de Eudea, Los Alpeas, Himaladeas. Pero no todos se atrevían a ir tan arriba ni a llegar tan lejos.
En el pasado, porque todas las ideas tienen historia y pasado, a los pensadores más avanzados se les llamaba montañidearos y escalidearos; y aunque muchos miraban hacia arriba pocos se preparaban para el largo, esforzado, áspero a veces, duro, escarpado y prolongado camino de ascenso.
Fabiano y Ángel decidieron subir al Monte Olimpo para saludar a los antiguos dioses, al Monte Carmelo, al Monte Ararat y a la Montaña de Cristal. Que eso pudiera hacerse en un día se debe a las habilidades de una narración que se atreve con todo y que hace que no parezca absurdo lo que es ilógico, que no parezca irreal lo que es inverosímil o que no pase por ficción lo que no es más que un espacio inventado.
Hay quien se atreve a afirmar que las montañas más bellas son puros atrevimientos de dioses que no se conforman con las llanuras, que son absurdamente hermosas, tan irreales como ensueños, tan inverosímiles que parecen mentiras, tan de ficción que pocos se atreven a clasificarlas, tan inventadas que parecen imaginadas por poetas elevados.
Se puede suponer, y así lo hicieron Fabiano y Ángel, que si el planeta hubiera sido una esfera perfecta, no habríamos conocido ríos ni valles, ni montañas ni mares, ni islas ni océanos.
1501-1600

Los cartógrafos que han intentado hacer un mapa del Archipiélago han reconocido que no es posible, las islas cambian de lugar, se mueven, se transforman y también se desarrollan con el tiempo. Así ha ocurrido que un náufrago adulto,  que ha regresado a la que creía su isla años más tarde, solo ha podido reconocer la espuma de las olas y la insistencia de los granos de arena de las playas para seguir siendo prácticamente incontables.
Los que pretenden capturar la situación actual de las islas acaban dibujando el futuro, los que quieren remitirse al pasado de la disgregación se pierden en mil actualidades, los que desean conocer el futuro son los que mejor acaban prediciendo el pasado incierto.
Tampoco han faltado poetas con vocación de empresarios mineros que, confundiendo el brillo dorado de los granos de arena de las playas en los atardeceres, han llegado a creer que todo el oro estaba disponible.
Los que han visitado y sobrepasado la niebla conocen algunas cosas que hay que saber.

La isla de Cervantes es la más importante de todo el archipiélago, así lo hicieron notar Ángel y Fabiano en su informe. Y esa importancia se debe no solo a la superficie que ocupa, a la cantidad y calidad de comentarios que ha suscitado a lo largo de su historia, sino también a su propio valor que se manifiesta y es evidente para todo el que se atreva a disfrutarla por sí mismo.
Nadie debería conformarse tanto como para dejar que le contasen otros lo que es la vida, el viaje, la experiencia, la aventura, el enamoramiento, la ilusión, la amistad y cualquier otro tipo de vicisitud y de andadura.
O, lo que es casi lo mismo, todos deberían atreverse alguna vez a vivir el gesto quijotesco y salir al mundo a deshacer entuertos y a socorrer a los débiles.
En este sentido Fabiano de Montiel y Ángel del Toboso también vivieron sus aventuras en isla tan caballeresca y principal, la isla sin par en la que sus almas se entregaron a felices y ocurrentes desmesuras. Tales desmesuras irán siendo contadas a lo largo de los diferentes capítulos del archipiélago de las islas nómadas, unos francamente expuestos, otros transformados y algunos convenientemente disimulados.
Serán dignas de ver y de contemplar sus andanzas, tropiezos, abollones, brillos y ordalías.


En la isla se encontraron a Cervantes dialogando con Don Quijote.
–Es complicado. Me dice que no entiende que, estando tan triste y sensible, haya llegado a pensar que no quiere hablar conmigo, dijo Cervantes.
–No le he castigado con mi silencio, jamás lo haría, contestó Don Quijote.
–Pero si se ha marchado otra vez a la aventura provocando situaciones más que incómodas a todo el mundo y a mí mismo, que me he visto obligado, en honor a la verdad y a la ficción, a veces queriendo y otras a mi pesar, a escribirlas, replicó Cervantes.
–Sabe vuestra merced que, como verdadero caballero andante, jamás haría cosa igual. Que me haya marchado no quiere decir que haya querido provocar problemas por doquier, sino resolver injusticias y deshacer tantos entuertos como a lo largo y a lo ancho del mundo existen, respondió Don Quijote.
–Ha de saber, ilustre criatura, que no es tan fácil entenderle ni seguirle por esos enrevesados caminos que transita.
–Tampoco entiende que de alguna manera siga en contacto con mi amada Dulcinea y que ella siga siendo lo más importante de mi alma.
–Si lo que quiere es claridad, replicó Cervantes, ahora le diré lo que no entiendo.
–Puede ser tan sincero como desee.
–Pues bien, le diré que no entiendo que, a tan avanzada edad y con tantos años ya cumplidos, no haya conseguido un trabajo que le permita ser autónomo, autosuficiente, independiente de sus rentas y que siga como alma en pena intentando dar lástima y compasión para que le ayuden y le mantengan, como si fuera un eterno hidalgo y joven aventurero sin responsabilidad por administrar su vida y su hacienda.
–Un verdadero hidalgo, señor mío, no ha de implicarse en trabajo alguno que menoscabe los afanes y voluntades de su deseo o que vaya en contra de las altas aspiraciones de su alma. Eso sería caer en una actividad servil impropia de la noble tarea de un Caballero Andante y caminante, contestó Don Quijote.
–La respuesta es ingeniosa y viene a indicar que, en el fondo, quiere seguir haciendo lo que le dé la real y santa gana.
–La verdadera nobleza, autor de mis aventuras y desventuras, está en dedicar los talentos que se nos han concedido a celebrar y agradecer todo lo que en el mundo hay de bello, bueno y verdadero, no a colaborar en mantener la vulgaridad rampante.
–¿Y eso no puede hacerse desde un trabajo que organice y cambie el mundo para mejor y que sea retribuido como se merece?, contestó Cervantes.
–Algunos lo hacen así, pero yo he de intentarlo como surge y viene de mis entendederas y de acuerdo a las sagradas leyes y reglas de la Orden de la Caballería Andante que, en esto como en todo, son muy estrictas.
–Tampoco entiendo, dijo entonces Cervantes, que, por más sensatez que intente poner en su historia, siempre me haya despreciado, rechazado, chillado, faltado al respeto, que haya salido por peteneras y hasta escapado de su casa de noche y sin avisar a nadie, y que me haya hecho sentir rabia, frustración e impotencia ante la dificultad de contarlo con un mínimo de lógica, de credibilidad y hasta de verosimilitud.
–Como buen caballero que sois, seréis capaz de entender que, el que siente lo que realmente siente un caballero y sale en busca de aventuras para probar su temple y su ánimo, puede encontrarse con cualquier tipo de infortunio y hasta quebrantarse la cabeza. Y que ese salir y hasta huir de casa no es más que otra exigencia del guión caballeresco que exige más atrevimiento que comodidad.
–Hay cosas que se pueden y hasta deben entenderse pero, por qué tantas y tan desatinadas aventuras?, ¿fueron… eran… son todas necesarias?, preguntó entonces Cervantes.
–El destino y los dioses así lo habrán querido, o el capricho del autor o autores de tan desmañada historia. Y en eso, me parece, a vuestra merced le corresponde alguna responsabilidad.
–Sí, alguna he de tener, concedió Cervantes. Pero lo que no entiendo es que sienta tanto desprecio y rechazo por la realidad, y que no agradezca la ayuda. ¡Eso no parece muy honorable! Y lleva muchos años haciéndolo.
–Pero, ¿quién se ha creído que es para tratarme así, con tal desfachatez?, ¿no sabe que está ante un caballero que es emperador de sí mismo, rey de su propia condición, señor de su imprevisto destino y hasta amo de su impaciencia?, replicó airado Don Quijote.
–Es que es algo elemental: no se rechaza ni se denigra a los que nos ayudan y no se pide ayuda a los que uno no aprecia. Es una cuestión de dignidad. Siempre he cuidado su relato con mimo mientras que usted ha hecho lo que ha querido y deseado.
–No querrá ahora, un escritor tan poco valorado y desconocido, darme a mí lecciones de dignidad. Dignidad es lo único que me dieron y hasta me concedieron los cielos, aunque he de reconocer que aquí, en la tierra, me las veo y me las deseo para que se note y no se confunda con la insensatez.
–Me alegro, le dijo Cervantes, que al menos me conceda eso.
–No me cuesta trabajo aceptar alguna parte de la verdad, aunque tantas veces sea incompatible con mis sueños, anhelos y delirios de grandeza.
–Sabia manera de ser, admitió Cervantes. Aunque he de insistir. No entiendo que siendo como es tan, por así decirlo, antisistema, y situándose tan fuera de la realidad, viva como un hidalgo señorito (si fuera un hombre rico y de gran hacienda, y de Andalucía, se podría entender), siempre a costa de la generosidad de los demás, como un aprovechado, siempre con ayudas. ¿Dónde están la coherencia y los valores?
–¡Los valores!, sentenció Don Quijote, los valores son las más altas oportunidades que tiene el espíritu para manifestarse y ponerse a prueba y los míos son coherentes, pues no he de perder la oportunidad de manifestar mi nobleza y distinción por unos trabajos del tres al cuarto.
–No es tan sencillo, ya que no se entiende que elija ese modelo de vida que le ha llevado a fracasar en todas sus aventuras, a ser apaleado y caer maltrecho, y quiera, además, que todos aplaudamos y ensalcemos. Si es libre, es responsable. Ser un hidalgo caballero también es hacerse uno cargo de su propia vida y llevar sus propios dineros y viandas, como le dijo el ventero.
–Y todo eso fue hecho en la medida de mis posibilidades, alejándome siempre de la vil y vulgar canalla y de todo lo que se le parezca. Si algo ha salido mal es por la intervención de causas ajenas a mi voluntad, porque me han fallado los molinos y los gigantes, las apariencias y las injusticias, nunca porque me faltasen entusiasmos.
–Es demasiado fácil vivir así, improvisando, dijo Cervantes. Sigo sin entender que quiera vivir de esta manera, de la caridad, de la ayuda de sus vecinos, de la asistencia de los demás, pidiendo siempre protección y  apoyo, ¿Cuándo va a empezar a ayudar y a dar amparo a los demás?
–Pero si no hago otra cosa que dedicarme a ayudar a los desfavorecidos, a socorrer a los menesterosos, a proteger a los débiles…
–No entiendo que trate tan mal a algunos de sus semejantes, a los que simplemente viajan sin hacer daño a nadie y, en su desvarío, confunde con asaltantes y malandrines. La realidad es que tienen el infortunio de tropezar con semejante espécimen.
–Que la realidad no se ajuste a mis designios no es un problema mío, es más un problema de la realidad. Que el mundo sea independiente de mi voluntad, como dirá Wittgenstein, es una dificultad para el mundo y una desdicha para mi sana decisión de querer lo mejor para todos sus habitantes, dijo Don Quijote. Como diría Galileo, si las piedras no caen como yo digo, peor para las piedras; si el mundo no se comporta como el bien, la justicia y la honradez indican, peor para el mundo.
–Tampoco entiendo que sea tan exigente con los demás y tan poco consigo mismo. Tiene la piel muy fina, no admite ningún comentario sobre la realidad, sobre todo los que no le interesan y no se ajustan a sus desvaríos. Por ejemplo, la realidad le sirve para justificar que en su mundo de la caballería andante fracasen los proyectos, la gente no tenga palabra, se cumpla tarde, mal y nunca y cualquier otro despropósito; sin embargo la realidad que nos dice a todos que hay que trabajar y ser sensatos y prudentes para vivir, la que nos dice que todos sus parientes están en ello... de eso no quiere hablar. Muy astuto ese uso de la "realidad" solo para lo que le conviene.
–Es conveniente para mí, sin duda, creer en mí mismo y en mi propio proyecto. Cuando un caballero, después de llenarse de lecturas y de razones, sale al mundo lo de menos es lo que ha de encontrarse, es él el protagonista, el que ha de medirse, el que ha de moldearse y cumplirse.
–Observo que hay mucha combinación de orgullo, soberbia y arrogancia, comentó Cervantes.
–No hay tal, lo que llama orgullo es voluntad y ánimo; lo que llama soberbia es carácter, decisión y fortaleza; lo que llama arrogancia es fuerza y valentía.
–Puede ser. No le faltan palabras ni retóricas. Pero tampoco entiendo que si no quiere tener demasiado que ver con los ricos sin nobleza muchas veces viva y pretenda seguir viviendo de algunos apellidos o de sus haciendas heredadas.
–Pensar que un caballero andante tenga que preocuparse continuamente por el origen de la comida que come, de la ropa que lleva o del aposento que le ofrecen, es no haber entendido nada, contestó Don Quijote. Un caballero está por encima de esas menudencias.
–También le he escuchado hablar mal o con cierto desprecio de los encargados públicos y resulta que no hace otra cosa que pedirles ayuda. Por cierto, los que tan bien lo han tratado también son personas con cargos de servicio a los demás.
–No es menester que un caballero solicite a otros títulos que acrediten su importancia y merecimiento. Si alguien está delante de mí, es, existe y ya, solo por eso, ese encuentro puede ser un triunfo o un motivo de disputa.
–Graciosa manera de justificarlo todo, añadió Cervantes.
–No se trata de justificarlo todo, sino de plantearse solo lo justo y necesario para resolver el desaguisado.
–Así no hay manera de razonar, dijo Cervantes. No entiendo que siempre que se pone en contacto conmigo sea para pedirme ayuda, es decir consuelo; a ver si alguna vez me solicita para decirme que tiene un trabajo de alto rango como le corresponde a su altura de miras, que es feliz con lo que hace y piensa, que las cosas le van bien y no anda perdiendo el tiempo con palabrerías, que ha solucionado algo en alguna de sus aventuras, que no le duele nada porque ese bálsamo de Fierabrás cura, que hay en su vida más alegrías que penas…
–Esperar eso de un caballero andante es no haber entendido nada. Aquí no hemos venido a ver ni a gozar ni a entender, sino a no ver, a sufrir y a combatir la confusión, como en gran medida dijo el gran San Juan de la Cruz.
–Pues esa parte la lleva bien cumplida, comentó Cervantes. En cualquier caso no entiendo que renuncie a las pocas posibilidades que tiene y que en su estado se muestre tan arrogante, soberbio y orgulloso para rechazar lo que más necesita, una vida realista. En su lugar cualquier otro aceptaría la ocupación que fuese para vivir, pagar la comida y la indumentaria.
–Y vuelta otra vez a lo mismo, comentó irritado Don Quijote. Una y mil veces he de decirle que no soy un pobre hortelano sometido a las órdenes de cualquier señor. Yo soy señor de mí mismo y en mí mismo confío, y prefiero vivir a gusto debajo de un puente que a disgusto en un gran palacio.
–Eso es fácil de decir, se puede presumir mucho y no saber lo que vale un peine. Se trata de saber si merece lo que tiene.
–¡Pues no he de merecerlo! Sabed que soy grande de España y quinto de Islandia, de Holandia, de Finlandia y de Groenlandia.
–Y eso, para qué le sirve, preguntó Cervantes.
–Cómo que para qué me sirve, para qué me ha de servir, alma de cántaro. Me sirve para saberme y conocerme a mí mismo, para conocer mis propios méritos y para desdeñarlos, para saber que son míos e ignorarlos.
–Curiosa manera de ser. Por eso no puedo entender, o mejor, sí lo entiendo demasiado, que lleve tantos años viviendo así, sin valorar lo que le dan. Y es sencillo, solo sabrá lo importante que es la riqueza cuando la gane, cuando la merezca, y eso es algo que no se aprecia cuando te cuidan, te regalan y siempre te están salvando, añadió Cervantes.
–Que rechace e ignore las recompensas materiales no significa que no entienda lo que ocurre en el mundo, que mis ideales sean más elevados no indica que no sepa que sigo con los pies en la tierra.
–Entonces lo que no se entiende es que presuma tanto de su gran conocimiento y sensibilidad, como si los demás fuésemos de acero golpeado y piedra pómez. Me temo que casi todos los seres humanos somos sensibles.
–Pero unos más que otros, añadió Don Quijote.
–Sí, pero esos que son más inteligentes, sensibles, cultos e instruidos deberían dedicar todo su ingenio para el bien de los demás, no para aumentar todo su egoísmo.
–No presumo, simplemente asumo lo que soy, lo que sé y lo que he leído. Lo que no hago es rechazar el buen trato que se me ha de dar por ser Caballero de la Ilustre Figura.
–Estamos siempre en lo mismo. No comprende que su situación es insostenible. Es casi seguro que todas esas lecturas le han estado educando muy mal y consintiéndole durante demasiados años vivir (nunca mejor dicho) del cuento. Y ahora, cuando se le acumulan todos los problemas, en vez de ser humilde, muestras su cara más intratable, siempre en posesión de la verdad… ¿Qué ser humano puede soportarlo? A nadie le gusta sufrir y preocuparse en exceso, dijo Cervantes.
–Ha de saber, mi buen amigo y autor de mis días y de mis aventuras y desventuras, que una vez que una criatura se ha lanzado al mundo ya se puede hacer poco para intervenir en ella; hay que dejarla que, a su libre albedrío y a su antojo, haga y deshaga lo que pueda y, si hay suerte, que arregle un poco el mundo o, al menos, que no lo estropee más de lo necesario.
–Sigo sin conformarme con esa forma un tanto inconsciente de ser, sigo sin ver bien que lanzarse e ir por esos mundos a la buena de Dios, sin cálculo ni previsión sea la forma más adecuada de vivir, dijo Cervantes.
–Si ha de ser así, a la buena de Dios que sea. Peor sería que fuese a la mala de Dios, replicó Don Quijote.
–Tampoco sé si eso que llama buena de Dios es bueno o, simplemente, es deambular sin fin ni objetivo ni cálculo.











1601-1700

Desde el principio las islas decidieron seguir a Heráclito en casi todo y fluir y moverse y, a la vez, ser tan lógicas como impredecibles.
En una isla siempre se oía decir: “Hay que empezar por el principio”, como si el principio fuese fácil de conocer, como si el comienzo fuese claro, como si hubiese unanimidad sobre el inicio, como si todo no fueran preámbulos, verbos, palabras, prólogos y alucinaciones.
En el principio fue el verbo y el nombre, el adjetivo, el pronombre afortunado, la conjunción inolvidable…
Las islas que fluyen son las más difíciles de seguir. Apenas son así.
Las islas a la deriva flotan de forma tan ingrávida que cuando se posan sobre la cabeza y los hombros de alguien parece imposible que no quede aplastado.

Cuando llegaron Ángel y Fabiano a la isla de Tales de Mileto encontraron cálculos dispersos por el suelo, números en el aire y triángulos flotando como si fueran aviángulos.
Nada hicieron, solo sostenerse y sostener así el mundo sin caer en excesos. Lo que sí observaron es que las estrellas se aproximaban mucho más a la isla de Tales que a las demás, lo que les llevó a adentrarse en complejidades mayores y a aventurarse en terrenos con baches y agujeros en los que más de uno podría caer si no pusiera toda su atención en ello.
Para ellos era un placer y un honor visitar la isla de los cálculos pues, aunque no siempre eran acertados, al menos suponían un avance sobre las supersticiones y las mitologías precedentes. Lo que no quisieran de ninguna manera es ver la isla llena de turistas y de viajeros, serían suficientes seis o siete poetas en cada siglo para llenar de encanto todo el archipiélago.
En cualquier caso ha de decirse que, sea con cálculos o con poesía, la isla ha de seguir siendo una referencia mundial en el arte de adivinar la dirección del sueño.
Y queda por estudiar y poner de manifiesto si las matemáticas y el arte no son una y la misma cosa consideradas desde perspectivas distintas y hasta diferentes.
Y desde allí llegaron a considerar que hasta las líneas y cables de alta tensión, que cruzaban valles sin vértigo ni miedo, podían ser nuevas modalidades de pentagramas y nuevas formas sutiles de belleza, intervenciones con pretensiones artísticas para delimitar los paisajes.