Después de muchos años había empezado a entender los errores cometidos, tal vez eso sea inevitable ya que tampoco los humanos vamos a descubrirlo todo de repente.
Había creído, desde la primera mañana en que se habían conocido, que amar sin medida era lo que quería, podía, sabía y debía hacer; que darlo todo era tan vital como necesario, que sólo apostando al límite de lo imposible sabrían los dos que no había mentira ni cálculo interesado, que ni siquiera estaba preparado un plan B de retirada para un hipotético naufragio.
Se había olvidado de tomar precauciones, cuando se juega a ser un dios exagerado no se suelen escuchar los consejos de la prudencia ni las recomendaciones a la sensatez de la Dirección General de Tránsito, esas que anunciaban en sus campañas constantemente frases del mismo estilo: "En el mismo fin de semana del año pasado se separaron 52 parejas", "Respete la debida distancia personal de seguridad", "La velocidad excesiva en el amor es la principal causa de confusiones", "Utilice el presente como cinturón de seguridad"...
Ella se había dado cuenta muy pronto de que todas sus explosiones de supernova no eran más que una muestra de barroquismo infantil, una falta de estilo claro y definido o, peor aún, un indicio de churrigueresquismo inmaduro, por no decir directamente un churro.
Mientras que para ella menos era más, para él, tan elemental y simple como sencillo, más era lo máximo, y aún más si se pudiera; y así no se producían opciones para la armonía.
No es que ella utilizase siempre una hoja de cálculo, es que él se excedía en el fondo y en la forma y siempre, "siempre" -que ya hay que ser atrevido- estaba dispuesto y se olvidaba de que su amor podría tener, como tantos otros, la misma caducidad que los permisos de circulación de sentimientos humanos.
No es que él tuviese un pelo de tonto, ni de listo -para ser sinceros y exactos hay que decir que iba camino de no tener ni un solo pelo-, es que al encontrarla no cabía en sí de gozo, no podía dejar de festejarlo y de celebrarlo, y todo sin orden ni equilibrio ni concierto, sin ajustarse a las dosis prescritas y adecuadas por los sabios imperturbables, sin pensar que cada día tenía sus afanes y sus horas, que seguro que no serían muchas más de 44.
Y mientras ella sentía su amor como una invasión en toda regla y pensaba: ¡por favor, no me des tanto, no lo necesito, no soy tan pobre!; ¡no lo quiero todo, déjame respirar y desahogarme!; ¡no me acompañes siempre, quiero ser la que soy, sin perder voluntariamente mi libertad!; ¡no me transformes, no quiero anularme!; ¡no me invadas ni siquiera de dulzura, déjame vivir a mi aire!; ¡no me quieras tanto, el amor pesa demasiado!; ¡no te entregues tanto, reserva algo para tus propios desafíos!... él seguía buscando metáforas infinitas en el eco del Big Bang.
Han tenido que pasar años y 20 años más para que por fin llegase a cierta sensación de sencillez y de rejuvenecimiento, cuantos más años cumple más ligero se siente, más libre y hasta se arregla con menos equipaje conceptual.
Ahora entiende el consejo que le habían dado, que debía estar dispuesto para el amor, pero no para amar como una avalancha que impide la levitación. A veces todos deseamos ser un colibrí.
Ahora recuerda que nadie debe cargarse de razón, no entendemos tanto de lo esencial, no lo sabemos todo, ignoramos tanto que lo más lógico es la humildad del que habla sin ofender, del que sólo expone su punto de vista.
Ahora ya es capaz de apreciar la delicadeza del que sabe que no debe inundarse a nadie de deber, que el amor absoluto es una especie de carga absoluta o de pérdida inmensa de libertad y que no se le puede pedir a nadie que sea lo que no quiere, ni que cargue con otro ser que se ofrece de tal modo que más que invitar a vivir parece un minusválido necesitado de constantes atenciones.
martes, 20 de diciembre de 2011
La expedición
La última expedición financiada por la Real Academia de las Artes y las Ciencias de la Real República de Polombia para demostrar la existencia de los dioses llegó, como todas las anteriores, a posiciones discutibles que no hicieron más que agudizar las felices contradicciones de los exploradores, aumentar las tensiones poéticas entre los expedicionarios y llenar de grandes y gozosas incertidumbres a los más relumbrados académicos.
Las conclusiones se presentaron, de un modo tan sintético como geométrico, en sesión solemne en la Real Academia de las Artes y Ciencias Poéticas de Polombia:
Señoras y señores académicos, estamos aquí reunidos en esta solemne sesión a la que hemos sido convocados para valorar los gratos resultados de la gran expedición intersolar que tenía como objetivo demostrar la existencia de los Dioses, para aportar signos de su existencia o para hacer verosímil la hipótesis de este histórico pensamiento.
Los más grandes, lúcidos, inteligentes y perspicaces filósofos, artistas, escritores y científicos se han embarcado en esta tarea durante milenios y hoy es un honor para nosotros, los representantes del Conocimiento Elevado, recibirlos, reconocerlos y anunciar al mundo que tenemos noticias y no esperanzas, datos y no sugerencias, verdaderas pruebas que nos indican que la hipótesis de la existencia de los Dioses Solares no sólo no es inverosímil sino que es tan verdadera como correcta.
Cuando nuestros investigadores, después de recorrer hipermundos y universos múltiples, se encontraron con aquellos seres ingrávidos, no les quedó ninguna duda de que era la prueba que les faltaba para demostrar la existencia de los Dioses iluminantes.
Desde la antigüedad se sabía que la luz, la alegría, la vida, el amor, la ilusión, el vuelo, la belleza, las flores, el sol, la primavera, la sonrisa, la concordia, la paz, el entusiasmo, el arte, las palabras... eran los signos de la divinidad. Ahora hemos encontrado las piezas del rompecabezas que demuestran que la posibilidad de los Dioses Pensados es Real y que sólo unas Diosas, o unos Dioses muy sensibles, podrían haber creado seres de una especie tan ligera, liviana y aérea.
Filósofos como Nietzsche, escultores como Calder, músicos como J. S. Bach, pintores como Miró, científicos como Newton, escritores como Italo Calvino... nos habían adelantado sus visiones. Pero es ahora, y ante la presencia de estos hechos irrefutables, cuando podemos asegurar ante el mundo que todo lo que existe es el legado de un cálculo inspirado, de un designio ajustado que nos lleva a la armonía del gozo, a la alegría del placer, a la serenidad de la nieve, a la ingravidez del vuelo que nos ocupa.
Si alguien persiste en negar las evidencias y se niega a aceptarlo, no debemos rechazarlo ni expulsarlo de nuestra compañía, hemos de dejarlo asistir a la Gran Fiesta Universal en la que se ha de celebrar el vuelo inofensivo, los colores que flotan, la sonrisa ondulada, la vida de la curva entusiasta.
Es posible que para algunos todavía esto sea insuficiente para calmar sus ansias de inmortalidad, pero podemos afirmar definitivamente que hay otros mundos, pero que están en éste; que hay otras vidas, pero están en ésta; que hay otros espacios y tiempos disponibles, pero que todos están en el alma del Colibrí.
No queremos con esto limitar de ningún modo las pretensiones de eternidad e infinitud de autores como Espinosa o Borges, sólo deseamos mostrar la belleza de esta verdad que asciende y vuela. Hasta aquí hemos llegado y serán las generaciones futuras las que deberán juzgar nuestro nivel de acierto.
Las conclusiones se presentaron, de un modo tan sintético como geométrico, en sesión solemne en la Real Academia de las Artes y Ciencias Poéticas de Polombia:
Señoras y señores académicos, estamos aquí reunidos en esta solemne sesión a la que hemos sido convocados para valorar los gratos resultados de la gran expedición intersolar que tenía como objetivo demostrar la existencia de los Dioses, para aportar signos de su existencia o para hacer verosímil la hipótesis de este histórico pensamiento.
Los más grandes, lúcidos, inteligentes y perspicaces filósofos, artistas, escritores y científicos se han embarcado en esta tarea durante milenios y hoy es un honor para nosotros, los representantes del Conocimiento Elevado, recibirlos, reconocerlos y anunciar al mundo que tenemos noticias y no esperanzas, datos y no sugerencias, verdaderas pruebas que nos indican que la hipótesis de la existencia de los Dioses Solares no sólo no es inverosímil sino que es tan verdadera como correcta.
Cuando nuestros investigadores, después de recorrer hipermundos y universos múltiples, se encontraron con aquellos seres ingrávidos, no les quedó ninguna duda de que era la prueba que les faltaba para demostrar la existencia de los Dioses iluminantes.
Desde la antigüedad se sabía que la luz, la alegría, la vida, el amor, la ilusión, el vuelo, la belleza, las flores, el sol, la primavera, la sonrisa, la concordia, la paz, el entusiasmo, el arte, las palabras... eran los signos de la divinidad. Ahora hemos encontrado las piezas del rompecabezas que demuestran que la posibilidad de los Dioses Pensados es Real y que sólo unas Diosas, o unos Dioses muy sensibles, podrían haber creado seres de una especie tan ligera, liviana y aérea.
Filósofos como Nietzsche, escultores como Calder, músicos como J. S. Bach, pintores como Miró, científicos como Newton, escritores como Italo Calvino... nos habían adelantado sus visiones. Pero es ahora, y ante la presencia de estos hechos irrefutables, cuando podemos asegurar ante el mundo que todo lo que existe es el legado de un cálculo inspirado, de un designio ajustado que nos lleva a la armonía del gozo, a la alegría del placer, a la serenidad de la nieve, a la ingravidez del vuelo que nos ocupa.
Si alguien persiste en negar las evidencias y se niega a aceptarlo, no debemos rechazarlo ni expulsarlo de nuestra compañía, hemos de dejarlo asistir a la Gran Fiesta Universal en la que se ha de celebrar el vuelo inofensivo, los colores que flotan, la sonrisa ondulada, la vida de la curva entusiasta.
Es posible que para algunos todavía esto sea insuficiente para calmar sus ansias de inmortalidad, pero podemos afirmar definitivamente que hay otros mundos, pero que están en éste; que hay otras vidas, pero están en ésta; que hay otros espacios y tiempos disponibles, pero que todos están en el alma del Colibrí.
No queremos con esto limitar de ningún modo las pretensiones de eternidad e infinitud de autores como Espinosa o Borges, sólo deseamos mostrar la belleza de esta verdad que asciende y vuela. Hasta aquí hemos llegado y serán las generaciones futuras las que deberán juzgar nuestro nivel de acierto.
La vida entera
Cuando llegó por primera vez a ver la vida entera se dijo a sí mismo: ¡impresionante!; entonces, después de haber visitado millones de mundos habitados, decidió residir en la Tierra y dedicarse a lo mejor, a encontrarla. Se trataba de una luz dorada irresistible, difícil de atrapar incluso con la mejor tecnología telefotográfica.
Se puede asegurar que cuánto más la conocía más a gusto se encontraba, por eso sólo se dedicaba a contemplar el aire, a mirar las ondulaciones concéntricas que provocan las gotas de agua que caen de los puentes más altos sobre la superficie de los ríos, a mirar las hojas amarillas de los álamos y a soñar reflejos abstractos que respiran como si fuesen puntos suspensivos.
Pero no todo son esperas y dilaciones, cuando la terca realidad le deja, su alma se eleva, recupera su esencia, sonríe y se ilumina. Seguramente algún observador externo bien intencionado indicaría que es difícil encontrar extravío y desorientación semejantes, pero al parecer no puede hacer otra cosa que seguir el rumbo perdido del feliz naufragio de su ser.
Que el tiempo pase así, de cualquier forma, no deja de ser un fallo de la naturaleza, que tanto se nos resiste; algún día, cuando dominemos las leyes poéticas del tiempo, llegaremos a alcanzar el dominio de las alturas de oro.
Se puede asegurar que cuánto más la conocía más a gusto se encontraba, por eso sólo se dedicaba a contemplar el aire, a mirar las ondulaciones concéntricas que provocan las gotas de agua que caen de los puentes más altos sobre la superficie de los ríos, a mirar las hojas amarillas de los álamos y a soñar reflejos abstractos que respiran como si fuesen puntos suspensivos.
Pero no todo son esperas y dilaciones, cuando la terca realidad le deja, su alma se eleva, recupera su esencia, sonríe y se ilumina. Seguramente algún observador externo bien intencionado indicaría que es difícil encontrar extravío y desorientación semejantes, pero al parecer no puede hacer otra cosa que seguir el rumbo perdido del feliz naufragio de su ser.
Que el tiempo pase así, de cualquier forma, no deja de ser un fallo de la naturaleza, que tanto se nos resiste; algún día, cuando dominemos las leyes poéticas del tiempo, llegaremos a alcanzar el dominio de las alturas de oro.
La luz de estos días
En los últimos siglos del segundo milenio, en aquella extraña civilización que los antiguos llamaban occidental, se desarrollaron durante los días más cortos del año unas raras, maravillosas y extraordinarias ceremonias con la luz.
Esta curiosa dedicación a la claridad había empezado con la respetuosa observación y el atento cuidado de las luciérnagas; siglos más tarde había faros encendidos que iluminaban el interior de los mares obscuros y que entraban con sus destellos en algunos hogares privilegiados.
Descubrieron que el secreto no residía en los globos de papel luminoso, poco después se dieron cuenta de que tampoco estaba en las velas y bombillas de Navidad que colocaban sobre elegantes y esbeltos árboles del norte. Más lejos siempre se veían algunas estrellas.
Pero tampoco eran los lejanos fulgores de los astros lo que buscaban. Siempre aparecía la Luna.
Y tampoco era la Luna llena ni los anillos de Saturno lo que miraban cuando el Sol se escondía.
Ni siquiera el Sol resplandeciente era lo que estaban esperando, el misterio de aquellas auroras boreales parecía residír en la alegría.
La luz de la alegría y la alegría de la luz, ese era el verdadero regalo que llenaba con las mejores intenciones el buen corazón y la mejor sonrisa de los humanos.
Y a eso lo llamaron Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo, Feliz Mundo Nuevo...
Faustino
Esta curiosa dedicación a la claridad había empezado con la respetuosa observación y el atento cuidado de las luciérnagas; siglos más tarde había faros encendidos que iluminaban el interior de los mares obscuros y que entraban con sus destellos en algunos hogares privilegiados.
Descubrieron que el secreto no residía en los globos de papel luminoso, poco después se dieron cuenta de que tampoco estaba en las velas y bombillas de Navidad que colocaban sobre elegantes y esbeltos árboles del norte. Más lejos siempre se veían algunas estrellas.
Pero tampoco eran los lejanos fulgores de los astros lo que buscaban. Siempre aparecía la Luna.
Y tampoco era la Luna llena ni los anillos de Saturno lo que miraban cuando el Sol se escondía.
Ni siquiera el Sol resplandeciente era lo que estaban esperando, el misterio de aquellas auroras boreales parecía residír en la alegría.
La luz de la alegría y la alegría de la luz, ese era el verdadero regalo que llenaba con las mejores intenciones el buen corazón y la mejor sonrisa de los humanos.
Y a eso lo llamaron Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo, Feliz Mundo Nuevo...
Faustino
lunes, 19 de diciembre de 2011
Los dioses
Los dioses y las diosas deberían guardar las apariencias, no sólo deben ser buenos, también deberían parecerlo.
viernes, 16 de diciembre de 2011
Un país especial
Realmente era un país muy especial, cuando llovía las personas también usaban paraguas, pero unos muy especiales, tanto que flotaban por encima de sus usuarios, que no necesitaban sujetarlos ni dirigirlos con sus manos; los paraguas simplemente hacían su trabajo de forma antigravitatoria y todos tan contentos. Y no es extraño que fueran tan dichosos si tenemos en cuenta que allí todo parecía especial y diferente.
Si nevaba abandonaban todo lo que estuvieran haciendo y a nadie se le ocurría preocuparse por el trabajo, la productividad o la actividad económica. Que el mundo fuese blanco era un regalo de los dioses, era estrenar la realidad de nuevo y por nada del mundo, valga la redundancia, se debería perder tanta belleza; además, cuando todo estaba nevado, había un silencio especial que debía ser respetado por todos, como si la armonía suprema consistiese en sentir la música de esa tranquilidad no profanada por ninguna pisada.
Lo que más trabajo costaba entender era el funcionamiento del espacio y del tiempo; el espacio tenía tantas dimensiones como desearas y las distancias se alargaban o disminuían a gusto de cada habitante. Si, por ejemplo, alguien necesitaba una habitación más grande sólo tenía que desearlo y empujar levemente las paredes precisas, de inmediato la sala se extendía hasta medir exactamente lo que uno quería; si necesitabas más habitaciones o más pisos hacías lo mismo, un gesto con las manos y se deslizaba el espacio y se creaba un nuevo lugar para escuchar música, una torre para ver a lo lejos o una nueva planta de la casa para que jugasen los niños. Desplazarse y viajar por su territorio era igual de extraordinario y divertido, se tardaba en llegar el tiempo que quisieras y el viaje podía ser tan largo como cinco vidas terrestres o tan inmediato como un suspiro.
El tiempo no era menos plástico ni dinámico, las diferencias entre el futuro y el pasado eran mucho menos precisas que fuera de Polombia, allí si a alguien le apetecía revivir constantemente y con variaciones una parte especialmente feliz de su vida, podía hacerlo cuantas veces quisiera, nadie iba a considerarlo una pérdida de tiempo ni una fijación sospechosa. Y si deseaba alcanzar su futuro antes de tiempo sólo tenía que concentrarse y lograrlo. Por eso en Polombia todos eran contemporáneos, todos se sentían viviendo la misma vida y no establecían diferencias entre jóvenes, maduros y viejos.
Si nevaba abandonaban todo lo que estuvieran haciendo y a nadie se le ocurría preocuparse por el trabajo, la productividad o la actividad económica. Que el mundo fuese blanco era un regalo de los dioses, era estrenar la realidad de nuevo y por nada del mundo, valga la redundancia, se debería perder tanta belleza; además, cuando todo estaba nevado, había un silencio especial que debía ser respetado por todos, como si la armonía suprema consistiese en sentir la música de esa tranquilidad no profanada por ninguna pisada.
Lo que más trabajo costaba entender era el funcionamiento del espacio y del tiempo; el espacio tenía tantas dimensiones como desearas y las distancias se alargaban o disminuían a gusto de cada habitante. Si, por ejemplo, alguien necesitaba una habitación más grande sólo tenía que desearlo y empujar levemente las paredes precisas, de inmediato la sala se extendía hasta medir exactamente lo que uno quería; si necesitabas más habitaciones o más pisos hacías lo mismo, un gesto con las manos y se deslizaba el espacio y se creaba un nuevo lugar para escuchar música, una torre para ver a lo lejos o una nueva planta de la casa para que jugasen los niños. Desplazarse y viajar por su territorio era igual de extraordinario y divertido, se tardaba en llegar el tiempo que quisieras y el viaje podía ser tan largo como cinco vidas terrestres o tan inmediato como un suspiro.
El tiempo no era menos plástico ni dinámico, las diferencias entre el futuro y el pasado eran mucho menos precisas que fuera de Polombia, allí si a alguien le apetecía revivir constantemente y con variaciones una parte especialmente feliz de su vida, podía hacerlo cuantas veces quisiera, nadie iba a considerarlo una pérdida de tiempo ni una fijación sospechosa. Y si deseaba alcanzar su futuro antes de tiempo sólo tenía que concentrarse y lograrlo. Por eso en Polombia todos eran contemporáneos, todos se sentían viviendo la misma vida y no establecían diferencias entre jóvenes, maduros y viejos.
Venía volando
VENÍA VOLANDO, FLOTABA
SONREÍA PARA CONSEGUIR
QUE EL COSMOS SE PRESENTARA BIEN CADA MAÑANA.
CUANDO SE ENCONTRARON
Todos los días los vivía con horarios bien programados,
CREÓ SU ALMA.
antes de comer trabajaba de hora en hora,
Aprendió a vivir
SABÍA EXISTIR SIN NECESITAR,
comía, descansaba un poco; por la tarde recortaba
CONSEGUÍA SER SIN PESO,
fragmentos del cielo
FRUTA AÉREA,
que deberían moverse como si volasen,
de su sonrisa hizo sustancia,
ALTURA SIN VÉRTIGO.
esencia y gracia
SIGUIÓ VOLANDO
como si viviese a través de aquellos
movimientos sutiles, casi ingrávidos.
NO SE DETENÍA
Se quedó en el aire, no caía.
como si la vida pudiese vivirse toda entera.
Y EN LAS NUEVAS TEMPORADAS DEL CIELO
INAUGURÓ PALABRAS DE ORO.
LE REGALÓ AL MUNDO LA SEDA COLIBRÍ,
LA BELLEZA DEL ESTE.
SONREÍA PARA CONSEGUIR
QUE EL COSMOS SE PRESENTARA BIEN CADA MAÑANA.
CUANDO SE ENCONTRARON
Todos los días los vivía con horarios bien programados,
CREÓ SU ALMA.
antes de comer trabajaba de hora en hora,
Aprendió a vivir
SABÍA EXISTIR SIN NECESITAR,
comía, descansaba un poco; por la tarde recortaba
CONSEGUÍA SER SIN PESO,
fragmentos del cielo
FRUTA AÉREA,
que deberían moverse como si volasen,
de su sonrisa hizo sustancia,
ALTURA SIN VÉRTIGO.
esencia y gracia
SIGUIÓ VOLANDO
como si viviese a través de aquellos
movimientos sutiles, casi ingrávidos.
NO SE DETENÍA
Se quedó en el aire, no caía.
como si la vida pudiese vivirse toda entera.
Y EN LAS NUEVAS TEMPORADAS DEL CIELO
INAUGURÓ PALABRAS DE ORO.
LE REGALÓ AL MUNDO LA SEDA COLIBRÍ,
LA BELLEZA DEL ESTE.
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