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lunes, 19 de septiembre de 2011

El sol de oro

Si alguien tiene la suerte de ir en un kayak cuando el sol se pone podrá reconocer un estado de oro en su ánimo:

“Su propia esfera de vida, un excedente de fuerza para la belleza, el coraje, la cultura, refinamientos hasta en lo que hay de más espiritual; una raza afirmativa que pudiera concederse todo gran lujo ...” (Nietzsche, La Voluntad de Poder).

Los protagonistas, que reman por la ría de San Esteban de Pravia y de San Juan de la Arena, son capaces de sentir la mayor euforia y son capaces de:

“Llevar esta suma enorme de miserias de toda especie, poder llevarla y ser, al mismo tiempo, el héroe que saluda, en el segundo día de la batalla, la venida de la aurora, la llegada de la felicidad... siendo el heredero de toda nobleza, de todo espíritu del pasado... el más noble entre todas las antiguas noblezas, y, al mismo tiempo, el primero de una nobleza nueva... tomar todo eso sobre su alma... resumirlo en un solo sentimiento, esto, ciertamente, debería tener por resultado una dicha que el hombre no ha gozado nunca hasta hoy; la dicha de un dios, pleno de poderío y de amor, de lágrimas y de risas; una dicha que semejante al sol de la tarde, hará don incesante de su riqueza inagotable para verterla en el mar y que, como el sol, no se sentirá plenamente rico sino cuando el más pobre pescador reme con remos de oro. Esa dicha divina se llamaría entonces humanidad.” (Nietzsche, El Gay Saber, aforismo 337).

Joan Miró decía: “Hay que explorar todas las chispas de oro de nuestra alma”.

Mientras tanto Calder exploraba las inspiraciones áureas más elevadas, el refinamiento de las sensaciones dinámicas, el encanto del movimiento.

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