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miércoles, 28 de febrero de 2018

La medida de lo imposible 56-60




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Los seres humanos y el vuelo. Volar es necesario

Calder habla sobre la gravedad y la gracia con Simone Weil, mientras Marcela lee con atención las mejores palabras.

Algunas personas han establecido una serie de categorías para clasificar a los seres humanos en su relación con el vuelo y así han llegado a la extraña conclusión de que hay cinco niveles:

1-Los que no han volado nunca.
2-Los que han viajado y volado en avión.
3-Los astronautas que han viajado alrededor de la Tierra en la Estación      Espacial Internacional, en la MIR o en la de China.
4-Los astronautas que han salido al espacio exterior en paseos espaciales.
5-Los astronautas que han ido a la Luna. Y los que en un futuro irán a Marte.

Hay cosmonautas y astronautas que han llegado al nivel 4 y al 5, pero los expertos clasificadores no mencionaron a los que vuelan de otras formas y han llegado a otros niveles. En una descripción más completa convendría tener en cuenta a:

-Los que sueñan despiertos cada día y a los que, incluso por la noche, sueñan que en un sueño están despiertos.
-Los que no han salido nunca de la superficie de la tierra y, sin embargo, plantan un árbol que crece hasta perderse en la niebla y, a pesar de todo, lo siguen cuidando en Marte, en el Monte Olimpo
-Los montañeros himalayistas poco conformes con limitar temporadas, alturas, cordadas, temperaturas y vientos.
-Los que desde un avión adivinan nubes corintias, renacentistas, góticas, barrocas, neoclásicas, minimalistas… como un juego eterno del mundo de arriba que es más difuso que el ajedrez y más preciso que el tiempo.
-Los escultores calderianos que aspiran a nuevas formas de escultura en la ingravidez.
-Los que saben que el espacio está a una hora de coche hacia arriba, a un minuto de mar en la ola, a un segundo de la imaginación más atrevida.
-Los místicos contemplativos que han vaciado su mente y que ya solo encuentran luz donde los demás todavía ven imágenes en color y en blanco, gris y negro.
-Los que pasean por el borde del tiempo mirando asombrados como el presente se estrella constantemente contra la vida.
-Los amantes arrebatados por sus propios éxtasis divinos que, huyendo de las limitaciones de sus almas y sus cuerpos, se hacen uno y todo y dioses a lo lejos.
-Los que han vivido y viven en la Luna cuando quieren, los que son marcianos, venusinos, saturnianos, extraterrestres, extragalácticos, extracósmicos.
-Los que contemplan la luz de la gracia que rodea el brillo sagrado de una sonrisa tan dorada que el oro apenas logra expresarla.
-Las epifanías de los poetas más alegres que ven en una hoja caída el resplandor de todo el universo que la hizo posible.

Va a ser verdad que todo intento de clasificación es un juego imposible y que casi nadie es perfecto.



(Volar es uno de los juegos favoritos de los niños, de los santos y de los dioses intrépidos. Volar es necesario).



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Primer desenlace, sin apoteosis, conclusión ni resultado

…Federico escribe desde Sils-María en los Alpes algunos capítulos impares. Entre todas las tareas encomendadas a los residentes, una, casi la más importante, es que escribiesen algo coherente sobre lo que quisieran:

“¿Cómo se pasa de un capítulo a otro?, ¿cómo se produce la transición entre una frase y la siguiente?, ¿de qué está hecha la capacidad de fabular que permite ir de aquí para allí de forma inconsútil?
¿Qué se dice en estos casos?, ¿existe alguna posibilidad de vencer atravesando estos vacíos?
–Si has ascendido tanto, ¿cómo soportarás ahora habitar las superficies más bajas?
–Hay superficies altas y bajas, eso es todo. Solo hay que aceptarlo.”


Capítulo 1

Solución.

En donde se contará que es posible vivir en los anillos de Saturno porque también  es uno de los mejores preludios del aire que hay que respirar

Estaban sentados, ella, Lou Andreas (A) Salomé, sobre un diamante inmenso, del tamaño de una sequoia y él, Federico Nietzsche, autor de Ecce Homo  (H) Cómo se llega a ser lo que se es, sobre una piedra que parecía de oro macizo. Llevaban muchos años sin verse porque cada fragmento de los anillos del planeta Saturno tiene una velocidad de rotación y una trayectoria propias dentro del caos ordenado que forman.

—Hola, ¿cómo estás?, le preguntó.
—Hola, ¡cuánto tiempo sin vernos!, le contestó.
—A: ¡Hemos vuelto a coincidir!, ¡qué oportunidad!, ¿qué haremos esta vez?
—H: No lo sé, qué hicimos en nuestros encuentros anteriores.
—A: Hablábamos y creo recordar que algo mejoramos el mundo.
—H: ¿De qué hablábamos?
—A: No lo recuerdo muy bien, creo que del universo, del origen, del final previsible, de la vida, del orden, de todo. En una ocasión decidimos que todos los seres humanos que habían vivido en el pasado se transformasen en rocas, hielo, polvo y piedras de estos anillos.
—H: ¿Y?
—A: Y se convirtieron.
—H: Ahora podríamos hacer algo mejor, se supone que ya sabemos algo más de la vida.
—A: Es posible que sepamos lo esencial y que, sin embargo, no seamos capaces de acercarnos lo más mínimo.
—H: ¿Qué podemos hacer? Podríamos intentarlo de nuevo.
—A: ¿Intentar qué?
—H: Acercarnos, qué va a ser.
—A: ¿Cuánto tiempo?
—H: Todo el que podamos.
—A: Ya sabes que no coincidiremos mucho más de 50 años.
—H: ¿Te parecen pocos?
—A: No lo sé. Depende de lo que queramos hacer con ellos.
—H: ¡Vivir!, ¡vivir de verdad!
—A: Eso tiene muy buena pinta. Vivir y no solo esperar.
—H: ¿No seguirás esperando a Godot?
—A: No. Godot ya vino y se marchó de nuevo. Nada especial. No resolvió gran cosa.
—H: ¿Entonces?
—A: No sé, Supongo que a todos nos queda algo parecido al miedo.
—H: ¿A qué?
—A: A defraudar, a ser menos de lo que uno cree que es. Nada importante.
—H: Eso se supera con la primera sonrisa.
—A: Creo que tienes toda la razón.
—H: Tenemos que confiar, sobre todo en nuestros amigos.
—A: ¿Somos amigos?
—H: Pues claro, qué vamos a ser si no.
—A: Entonces podemos seguir juntos. Es más, se me ocurre que podíamos unir tu fragmento con el mío mediante una cuerda, un cable, una pasarela, una escalera, lo que sea. Como esas rocas marinas unidas por una gran cuerda en la costa de Japón (Meoto Iwa, Las rocas casadas, frente a Futami, Mie).
—H: La idea es buena. De acuerdo. Y cómo lo hacemos.
—A: Con lo que queramos, ya sabes que si necesitamos algo acaba apareciendo entre los fragmentos y llega hasta nosotros. Solo tenemos que esperar.
—H: ¡Así cualquiera!
—A: No creas, sabes tan bien como yo que no todos son ventajas.
—H: Estar aquí está bastante bien.
—A: Sí, está claro que estas prácticas de Estética Astronómica son muy interesantes.
—H: ¡Sublimes!, no podemos quejarnos.
—A: No me quejo, solo te comento que tampoco se trata de vivir siempre y en todo momento en el éxtasis estético. De vez en cuando un simple paseo normal hablando con alguien especial sería más que estimulante.
—H: Si no lo haces es porque no quieres. Solo tienes que desearlo y los fragmentos de piedra, rocas, hielo, diamante y oro se unirán y formarán el camino que desees.
—A: Hasta ahora todos los caminos eran circulares.
—H: Eso parece, la realidad aquí es así. Antes de que nosotros viniéramos a explorarlos, los anillos sólo habían sido fotografiados desde enormes distancias, por eso parecían anillos perfectos, círculos sin fallos, y los astros esferas inmaculadas. Pero nosotros, al estar tan cerca de cada fragmento, vemos como cada uno de ellos va levitando, moviéndose e influyendo sobre los más cercanos.
—A: En cualquier caso podríamos llevar todos estos anillos a la Tierra.
—H: Eso únicamente podría hacerlo un Dios Artista, pero no un dios cualquiera ni un artista incapaz de locuras y extravíos realmente exagerados.
—A: Podríamos decir que es como si todos y cada uno de los fragmentos que componen los anillos hubieran salido de la lámpara de un genio benigno que los habría dispuesto para crear esa forma perfecta.
—H: ¡Ese sí que sería un genio!
—A: Y debería crear más cosas, por ejemplo llevar las auroras boreales a todas las longitudes y latitudes del planeta.
—H: No sería un mal espectáculo. También podríamos invitar a las luciérnagas a colonizar todos estos billones de fragmentos, una pequeña luz en cada uno.
—A: Como una luz móvil encendido en cada parte, billones de luces comunicándose.
—H: Un espectáculo.
—A: Sí, sería interesante.
—H: No estaría nada mal para empezar.





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Capítulo 3

Apoteosis

En donde se verá que subir por una escalera puede ser el inicio de una gran virtud y de algún que otro discernimiento, siempre y cuando el que asciende se atreva a vencer el vértigo existencial y místico, y pensar la altura como la máxima seguridad

Están en la Tierra. Han caminado y se han encontrado con una inmensa escalera de hierro, vertical, que no parece tener fin ni estar sostenida por cables ni estructuras. Él quiere subir y le insiste a ella para que lo acompañe.

—H: ¿Quieres subir conmigo?
—A: No estoy nada convencida.
—H: ¿Tienes vértigo?
—A: No, pero creo que hay que saber distinguir entre levitar y tener los pies sobre la tierra.
—H: ¿Y qué problema hay en ascender?
—A: Ninguno, es que no creo que sea conveniente ni necesario subir tan alto.
—H: Desde arriba el mundo se ve de otra manera. Sube al menos 6 peldaños.
—A: Bien, pero puede seguir pareciéndome más irreal, es como si abandonáramos nuestras responsabilidades cotidianas.
—H: Solo tienes que subir unos peldaños más y mirar, no es peligroso y lo que se alcanza a ver merece la pena, se gana en perspectiva. Sólo por esos instantes todo el esfuerzo queda justificado.
—A: Dices que se gana, tal vez se pierda la perspectiva.
—H: Digamos que se cambia el punto de vista. ¿Nos atrevemos a volar? Hasta los colibríes vuelan y son los pájaros más pequeños.
—A: Una vez que empiezas a subir ya es difícil cambiar. En cualquier caso voy a seguirte.

Y así suben unos peldaños.

—H: Siempre podrás dar la vuelta si quieres. Nadie te obliga a nada.
—A: Eso es evidente.
—H: En cualquier caso piensa en los místicos, en la “Subida al Monte Carmelo” de San Juan. Wittgenstein, en el final del Tractatus, dice que sus proposiciones son esclarecedoras de un modo determinado, que quien le comprende tiene que reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. Dice textualmente que debe, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido. Debe superar sus proposiciones; entonces tendría la justa visión del mundo. Y acaba diciendo que “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.
—A: Eso no es muy fácil de interpretar.
—H: Nada es fácil. Hablar no es fácil, vivir no es fácil, hacer las cosas bien no es fácil, pero si asciendes el mundo cambiará para siempre.
—A: ¿En qué sentido?
—H: En todos los sentidos. No sé cómo decirlo. Es tan evidente para los montañeros y los escaladores, para los que vuelan y los que desean vivir en la máxima altura, para los que viven en los pisos más elevados de los rascacielos más altos. Lo que se consigue es una nueva manera de ser y de estar en el mundo, más liviana y ligera, con menos apego a las cosas materiales.
—A: Eso me suena a budismo zen.
—H: Sí, también. El desapego a los bienes materiales es, al mismo tiempo, el inicio de un nuevo aire que se puede respirar, un aire más puro, menos gastado y contaminado.
—A: Suena un poco elitista y aristocrático.

Y suben más peldaños

—H: No, no se trata de orgullo, ni de vanidad ni de prepotencia. Ya decía Rousseau que no es malo mejorar, que lo malo es creerse mejores. No se trata de ascender para demostrar algo ni para creernos superiores, se trata de elevarse como árboles poderosos, como sequoias altivas, con ansia de más cielo, de más cosmos y universo, se trataría de no conformarse, de explorar nuevas órbitas verticales.
—A: Me da la impresión de que padeces mal de altura.
—H: Habría que ascender más para llegar a ese mal.

Y suben más.

—H: Pensándolo mejor no creo que lleguemos a padecer ese mal y, si hubiera que elegir, ¿no es más brillante el mal de Don Quijote?
—A: Don Quijote es un idealista, desde luego él no tiene los pies en la tierra.
—H: Pero ve más que los hombres normales porque quiere ver más, porque no se conforma, porque su mente se ha ampliado con las lecturas, porque sabe que puede existir Dulcinea aunque la realidad de a pie solo le haya mostrado a Aldonza.
—A: La realidad no es despreciable.

Y siguen subiendo.

—H: Por supuesto que no es despreciable, la realidad es ampliable y debe ser expandida, tiene que crecer y ocupar todos los universos posibles, los multiversos.
—A: Eso suena hasta poético.
—H: ¿Y qué es la poesía sino esta salida de Don Quijote, este explorar incansable de los viajeros de todos los siglos, este viajar de Marco Polo por las ciudades invisibles de Italo Calvino, este enviar satélites a cartografiar el Sistema Solar, este mirar desde el telescopio espacial Hubble hacia todo el Universo en expansión, este afán de los montañeros para subir a todas las montañas, esta necesidad de leer y entender lo que somos, esta música que compone y persigue otras serenidades?, ¿qué es la poesía sino lo que se adivina en la mirada viva de unos ojos?, ¿por qué no va a ser poético reír y crecer y aspirar a más que a contar números pequeños?
—A: ¿Por qué hablas de números pequeños?
—H: Es una anécdota que cuenta John Allen Paulos en su libro El hombre anumérico. Dos aristócratas salen a cabalgar y uno desafía al otro a decir un número más alto que él. El segundo acepta la apuesta, se concentra y al cabo de unos minutos dice, satisfecho: «Tres». El primero medita media hora, se encoge de hombros y se rinde.
—A: Te entiendo. Es evidente. La gracia está en no rendirse, en atreverse a decir un número más alto.
—H: Y me parece que hay números más altos que el “tres”.
—A: Pues claro. Hasta ahí llegamos.
—H: Y podemos llegar más arriba.
—A: Hay que rendirse a las evidencias.

 

59
Capítulo  7

Acabamiento

(–¿Capítulo 7?, ¿y el 5?
–No aparece por ningún lado).

En donde se hablará de que todo es empezar y que después ya se verá, si es que se ve; ya que no es fácil ver ni mirar y mucho menos contemplar

Como casi todos los geógrafos saben, Ganilia está situada entre Helicia y Famia; de este antiguo reino hiperbóreo, tan poco conocido, han llegado noticias sobre un descubrimiento que podría llegar a cambiar la misma Historia de la Humanidad.
Dos profesores de la Facultad de Humanidades de la Universidad Libre de Amberia, capital de Ganilia,  Arth Gan y  Vurth Loz, han descubierto el desfase que impedía el adecuado cumplimiento de las palabras. Después de decenas de años de tremenda y sacrificada soledad, cada uno investigando por su cuenta, y de meses de arduas investigaciones en común, han llegado a la conclusión de que solo los enamorados pueden llegar a alcanzar el verdadero significado del vuelo de las palabras. Aseguran con humildad que están en línea con la aportación del director de cine y actor Roberto Benigni, el que decía: "Sólo me interesan las personas vivas, libres y enamoradas".
Los poetas, los santos, los filósofos, los artistas y algunos personas sensibles ya lo sospechaban, pero ahora ellos han demostrado que solo los que tiemblan cuando se miran pueden sentir, presentir, consentir y conocer; que únicamente los inundados por el verbo amar son los elegidos y que, para todos los demás, seres humanos prácticos, ingenieros que calculan, funcionarios que organizan, utilitaristas deshumanizados, neoliberales consumistas, materialistas groseros y gente seria en general, amar es una palabra de cuatro letras que empieza por “a” y, como mucho, reconocen y recuerdan que es el modelo de la primera conjugación de los verbos en algunos países. Los autores insisten en que, a pesar de que es el modelo y de la primera conjugación, apenas nadie se ha dado cuenta de su importancia.
Los experimentos efectuados y repetidos durante meses por los profesores demuestran sin ningún género de dudas que el significado profundo de cualquier palabra es inaccesible para los ciegos emocionales, para los partidarios de la austeridad semántica y para los que desean rebajar el brillo de la vida en todas sus expresiones.
Los profesores citados han denominado su hallazgo como la “Teoría del Entusiasmo Estético Semántico” y concluyen que, dadas las oportunidades que tenemos para comunicarnos, deberíamos sonreír mucho más y agradecer a los más elevados creadores literarios, a Cervantes sin ir más lejos, que nos hayan regalado esas lecciones magistrales de humanidad, complacencia estética y afirmación del alto valor de las palabras poéticas. Se espera que todos los Ministerios de Educación del mundo comiencen pronto a introducir estas aportaciones al mundo educativo para elevar así el nivel de Educación, de Civilización y de Humanidad de toda la población mundial. La ONU y la UNESCO están estudiando nombrarlos Embajadores plenipotenciarios de la Humanidad ante los países serios, rígidos, inhumanos y austeros.
El trabajo, preparado ya para su publicación inminente, está siendo estudiado con atención por la Academia sueca de los Nobel. Los dos profesores son firmes candidatos al Premio Nobel de Literatura Fantástica por este trabajo y por sus anteriores creaciones.
 




60
Capítulo 9

Terminación

En el que se contará una nueva visita de Zaratustra y el espectáculo de los funámbulos con un final más adecuado a su vida elevada

Cuando Zaratustra tenía cuarenta años, después de vivir muchos años en las montañas, una mañana se levantó con la aurora y descendió a la Ciudad Multicolor.
Lleno de sabiduría y de una solitaria verdad, todavía no estaba muy entrenado en el trato con los seres humanos, por eso sabía que tendría que ser en esta ocasión más prudente. Es excesivo anunciar al superhombre a los que apenas logran ser hombres y humanos; es mucho pedirles que renuncien a lo que son, cuando apenas están aprendiendo a ser; es complicado anunciarles nuevas metas cuando todavía no han conquistado las más elementales, como la supervivencia o la convivencia. En ese estado, es difícil casi todo.
En la plaza central de la ciudad estaba prevista la actuación de un funámbulo, ese equilibrista experto en dialogar con el aire y la altura que lleva su balancín, barra o tiento para mantenerse en equilibrio.
Entre dos torres habían instalado el cable tendido y tenso, a muchos metros sobre el nivel de los humanos y asuntos normales. El funambulista empezó a caminar de forma equilibrada hasta la mitad de la cuerda, entonces salió detrás de él otro compañero que llegó hasta donde estaba el primero, unos segundos después salió un tercer volatinero con una barra de acero alargada en el hombro, además de su barra de equilibrio.
De una forma calculada los dos últimos colocaron sobre sus hombros la barra y, sobre ella, como si estuviese poseído por un encantamiento mágico, saltó y se situó el primero de tal forma que, sobre la cuerda, teníamos a dos funámbulos -cada uno de ellos manteniendo su propio  equilibrio- con la barra en los hombros, que era el punto de apoyo más elevado del primer funámbulo que había salido a escena.
El espectáculo fue todo un éxito, los tres funámbulos avanzaron y retrocedieron como si caminasen sobre el suelo, con la misma facilidad y ánimo sereno.

Cuando terminó el espectáculo Zaratustra se encontró con ellos, que también habían ido a verlo. Hablaron de la visita que Zaratustra había realizado a la ciudad diez años antes, entonces un funámbulo había caído y se había matado. Por eso le aconsejaron que debía cambiar su discurso por uno más vitalista, optimista y lleno de estímulos para todos, ya que todo el mundo tenía derecho a salvarse.

Los tres se acercaron a los funámbulos para felicitarlos y Zaratustra les dijo: “Habéis hecho del peligro vuestra profesión y, solo por eso, debéis ser reconocidos y recompensados. Vosotros sois conscientes de que la vida humana no es un sólido cerrado, no es un fósil detenido, no es un poliedro perfecto.
El ser humano es una cuerda, una cuerda tendida entre las tinieblas y la luz, una cuerda sobre un horizonte infinito, una cuerda de paso y de éxtasis.
Cada paso que damos es un fascinante paso hacia adelante, un hermoso cruzar, un extraordinario mirar hacia atrás, un glorioso estremecerse, un radiante detenerse, un irresistible pasar al otro lado, un alegre caminar, un feliz elevarse sobre el tiempo”.
Zaratustra, después de felicitarlos, se despidió de sus compañeros hiperbóreos, expertos en caminar con tiento y con cuidado por las más elevadas cimas del aire, “por los altos andamios de las flores” y por la perfección de algunas miradas.
Y se fue pensando que nadie debía sufrir en casa de Zaratustra, en la Tierra, y que, hasta el más feo de los hombres, debía ser invitado a las mejores fiestas y ceremonias.







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