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jueves, 27 de octubre de 2011

La superficie de las nubes-16

14. ENCUENTRO CON LA DIOSA DEL DESIERTO

“Y, en verdad, oh alma mía! ¿Quién vería tu sonrisa y no se desharía en lágrimas? Los ángeles mismos se deshacen en lágrimas a causa de la sobrebondad de tu sonrisa.”
(Así habló Zaratustra)

Varios días después Sebastián se encontró de nuevo con la caminante, de nuevo era ella, parecía que les gustaba encontrarse así, sin más, casi sin reconocerse, y ser cada día personas nuevas. Ahora la caminante de los encuentros anteriores parecía más profunda, más sabia, más serena.

—Sebastián (S): ¡Buenos días!
—Pensadora (P): ¡Buenos días de verdad!
—S: Parece que se está bien por aquí.
—P: Pues sí, la verdad es que llevo años caminando por esta pasarela y sigo pensando que debo llegar hasta el final —dice convencida.
—S: ¿Qué quieres decir con la expresión “sigo pensando”? —pregunta con curiosidad.
—P: Mira, no sé muy bien lo que soy ni lo que hago, pero antes a esto que yo intento hacer se le llamaba filosofía, pensamiento, reflexión, ensayo o algo parecido.
—S: Tiene mérito en estos tiempos.
—P: Siempre ha tenido mucho mérito, aunque nunca se haya reconocido.
—S: Sí que lo tiene, sí.
—P: Como te decía, me dedico a la filosofía.
—S: Entonces eres filósofa —dice ingenuamente como llegando a una conclusión.
—P: Eso es mucho decir, digamos que por mi profesión me veo obligada a pensar en los vínculos, las relaciones, las influencias y las interdependencias entre las cosas que ocurren y las ideas, conceptos y palabras que manejamos para justificarlas, por ejemplo la idea de una Diosa o de un Dios.
—S: ¿Qué le pasa a la idea de Dios?
—P: Mira, no es muy normal dedicarse a esto, podría descansar, estar de vacaciones alguna vez, desconectar y disfrutar o padecer la vida sin esa interferencia constante. No sé si me explico. Ahora me ha dado por pensar que tengo que ser más crítica con esa idea.
—S: Creo que te sigo.
—P: Entonces entenderás que, según mi estado de ánimo, haya días que le vea sentido a todo esto y hasta las más insensatas, extravagantes e inesperadas pasarelas me parezcan repletas de vestigios de la divinidad y que, sin embargo, otros días, ayer por ejemplo, me dio por pensar que el océano, el mar entero que hemos atravesado y sobre el que caminábamos día a día, no es otra cosa que la acumulación de las lágrimas de Dios. Porque Dios, a poco sensible que sea, ha tenido y tiene que llorar mucho, aquí hay demasiado sufrimiento. Los seres humanos mueren y no son felices.
—S: No sé, parece un poco extraño un Dios tan llorón, de todos modos te veo extraordinariamente lúcida, aunque también habría que plantearse qué significa el desierto.
—P: Si los océanos son las lágrimas de Dios, el desierto sería su retiro espiritual.
—S: No sé, tú sabrás.
—P: Pensar en este tema de Dios es complicado y te obliga a ser heterodoxo, pensar no significa ser creyente ni ser un feligrés ni un parroquiano ingenuo y poco exigente. Para mí esto es un asunto muy serio y tengo muchas dudas, demasiadas dudas, lo único que tengo claro son las colecciones de dudas que me asaltan constantemente.
—S: A ver si va a resultar que eres una filósofa, peor aún, una filósofa agnóstica o, todavía peor, una filósofa atea —dice irónicamente.
—P: No lo sé, pero ver este mar y este desierto de dunas rojas, naranjas, marrones, ocres, amarillas, tan serenos, tan bellos y tan sublimes y saber a la vez que hay millones de seres humanos sufriendo, muriendo de hambre o de enfermedades perfectamente evitables, o siendo maltratados,... en fin, no logro entenderlo. La única solución coherente, a la que llegué hace poco, es la de que todo el agua de los ríos, lagos, mares y océanos de este planeta no es otra cosa que el resultado, acumulado a lo largo de millones de años, del llanto de Dios o de los dioses, es igual.
—S: Es una perspectiva interesante, al menos así se podría entender algo, aunque supongo que los oceanógrafos y los geólogos no aceptarían esta extraña suposición.
—P: Es preferible un Dios, o mejor, una Diosa, tierna, compasiva, humana, melancólica, que se compadece y sufre con y por nosotros, aunque no sea todopoderosa, que un Dios absolutamente omnipotente pero indiferente a nuestros males y pesares. No me vale ese Dios al que sólo se le hace responsable de lo bueno, que sólo es causa y origen del esplendor, permitiéndole ser inocente de la maldad, del sufrimiento, del dolor y de la muerte de cientos de miles de personas por un maremoto; ese tipo de selección de observación no me interesa. O ese Dios o Diosa es responsable de todo, y entonces ha de explicar el lado doloroso de la existencia, o no me sirve para nada. Si el mal está en mí y en mi libertad y lo bueno he de imaginarlo, eso es lo mismo que estar solo, eso es un dios inexistente, eso es el ateísmo.
—S: Es una sabia elección, pero también se puede pensar de otra forma, por ejemplo Epicuro pensaba que los dioses existían, que eran felices y perfectos pero que no se preocupaban lo más mínimo de nosotros, es otra manera de explicarlo. De todos modos no estaría mal un Dios o Diosa hedonista, que envía a su hijo, o hija, a disfrutar con los seres humanos a la tierra, que no se sacrifica sino que es tan feliz y tiene una existencia tan placentera que renuncia o se olvida de su condición divina para ser un ser humano placentero; nada del temor y del terror de Dios, sería preferible el placer de Dios.
—P: Sí, es preferible, porque para qué nos serviría un Dios ausente, sea omnipotente o sea feliz o las dos cosas, para qué nos serviría apartado totalmente de nuestros asuntos, despreocupado, impasible, inhumano, distante, frío, al margen y aparte.
—S: Tienes razón, al menos esa Diosa que piensas sería sensible, nuestra cómplice y no nuestra enemiga vigilante, nuestra camarada y amiga, nuestra compañera entrañable, una Diosa hedonista y cercana; más vale, es cierto, ese cariño algo impotente que la desbordada prepotencia que no arregla ni soluciona nada de lo que debería, ni hambres ni guerras ni sufrimientos ni enfermedades ni dolores ni injusticias, ni pesadumbres ni males del espíritu ni problemas afectivos y emocionales.
—P: El mar mismo sería la prueba de que sufre como nosotros, de que es tan sensible y tan frágil, tan amable y tan humana como nosotros. Y aunque perdiera mucha grandeza, ganaría en cercanía, en proximidad, en calor humano, en afecto, sería una agradable compañía.
—S: Se te podría aplicar lo que decía Eduardo Haro Tecglen: “Sé que sus virtudes podrían ser las de un ateo, si tuvieran un poco de fe en la nada.”
—P: Pues sí.
—S: Creeríamos más en una diosa que nos ayudase a distribuir alimentos, justicias, remedios médicos, amores, educación y conocimiento, agua potable, deseos, felicidades, placeres, alegrías, músicas y artes entre todos y para todos.
—P: ¡Exactamente!, da gusto hablar con alguien así, que escucha, atiende, entiende y que no te manda a paseo.
—S: Es placentero hablar, compartir algo con los demás, abrirse a los seres humanos, vivir hacia los otros que son y somos nosotros.
—P: Pero mi teoría tiene problemas, es posible preguntarse si la Diosa seguirá llorando, si continuará desconsolada y desesperada, qué se puede hacer en este caso.
—S: Si un dios o unos dioses poderosos existieran al margen de nuestros sufrimientos nos tendrían que parecer a la fuerza inhumanos, antipáticos e intratables. Si una diosa o unas diosas melancólicas, y que hacen todo lo posible por ayudarnos, aunque no lo consigan, están tristes y lloran como niños, tendríamos que invitarlas a nuestras fiestas porque si no les ayudásemos, ni no les invitásemos a compartir nuestra alegría, seríamos tan egoístas e impresentables como los anteriores dioses poderosos y superiores que queríamos y pretendíamos evitar y superar.
—P: Es cierto, y no importa que digas diosa, o dios o dioses, con mayúscula o con minúscula, es lo mismo, lágrimas, océanos o mares, es lo mismo.
—S: Las palabras no importan mucho en este caso.
—P: Mira a mí aquel negocio de la religión nunca me convenció, yo no quiero salvarme ni ganar ningún tipo de vida eterna, no quiero conseguir nada en ese sentido, tampoco deseo condenarme ni perderme; solamente quiero vivir justamente, humanamente. Ganaré la vida, eterna o efímera, cuando alguien se ría a mi lado, cuando “él o ella” y yo nos miremos con la mayor y más tierna de las complicidades; me condenaré si desaparece su sonrisa radiante, si no nos podemos explicar toda la vida durante horas y días y meses y años sin cansarnos, si se pierde la pasión y la ilusión; me perderé si me condena a la soledad y al destierro, no cuando los niños sonríen y son felices, no cuando los mayores y enfermos son atendidos, no cuando la salud y la educación y la vivienda son derechos de la vida y no un negocio,...
—S: Un buen objetivo para una pensadora tan enamorada, vivir ayudando y sin ninguna preocupación por el futuro, sin cálculo; dando todo el amor, la generosidad, el tiempo y la atención; siendo responsable de lo que debes hacer y consciente del deber de ayudar a los demás y, a la vez, indiferentes frente a hipotéticos juicios futuros finales sobre nuestra existencia, liberarnos de prejuicios y ataduras. Vivir.
—P: El juicio final, aquel mito tan antiguo, puede que se realice al revés, puede ser la humanidad la que juzgue a ese Dios o a esos dioses que parecen tan insensibles, tan impasibles y tan imperturbables ante nuestros sufrimientos.
—S: ¡Curiosa manera de ver la cuestión!
—P: Desde que tuve esa idea todo parece encajar perfectamente. Dios no sería más que un mal guionista de esta película de la vida, que a veces llega a ser una vida de cine, sería como un experto y lentísimo aficionado a las variaciones vitales, o un refinadísimo y pacientísimo recopilador de datos y hechos de las vidas reales, o un sofisticado bibliotecario encargado de la tarea de organizar y ordenar el infinito, o un matemático empeñado en probar todas y cada una de las posibilidades (combinaciones, variaciones y permutaciones) de las vidas entre los humanos, o un cobarde soñador que se entretiene soñando las vidas que no se atreve a vivir, o un artista o escritor tan frustrado e insatisfecho que hace y rehace cientos de miles de millones de veces unas biografías que no le salen del todo,... lo que está claro es que se necesita una paciencia infinita y una ausencia total de prisa y de piedad para ensayar una y otra vez el melodrama de la vida humana en todas y cada una de sus versiones. Así podían, pudieron, pueden y podrán salir seres absurdos, crueles, tristes, normales, alegres, atrevidos, locos, creadores, entusiastas, dormilones, boquiabiertos, extravagantes,... La Diosa sería todo lo contrario, no sería omnipotente, pero sí comprensiva, humana, tolerante, cariñosa, amorosa, amante,...
—S: Esa debería ser la tarea de los humanos.
—P: Sí, la de ser alegres, curiosos, reflexivos, creativos, sorprendentes, algo inconformistas, originales, asombrosos. Y si hay que suspender a los dioses, se les suspende y ya está.
—S: Me gusta esa filosofía.
—P: De eso se trata, de vivir bien y de vivir a gusto, de disfrutar de la vida sin ser inconsciente, de vibrar con todas las oportunidades que nos dan la alegría y la risa, el buen humor, los chistes, el ingenio y la inteligencia; contemplar lo más bello, eliminar el dolor, cuidar a los que nos necesitan, no sé, todo eso es posible sin abandonar el rigor y la exigencia de hacer todo lo mejor posible.
—S: Ese “no sé” es todo un saber y un deber superlativo.
—P: Sonreír, disculpar, perdonar, alegrar, caminar,...
—S: ¡Cuántos verbos, cuántas acciones, cuánta expresividad!
—P: Sí, y cuánta vanidad, cuánto orgullo, cuánta soberbia, cuánta maldad hay todavía por este mundo.
—S: Es casi un lujo escuchar este discurso clarificador, tan entrañable; pasear a tu lado hablando es reparador, elimina el desasosiego, es relajante.
—P: Pero, a pesar de que todo esto suene tan bien, sigo sin liberarme de las ataduras del antiguo régimen mental, sigo imaginando algo que no me deja vivir con entera libertad y disponibilidad mi vida.
—S: No deberías preocuparte, todos los cambios requieren su tiempo, el mundo anterior se está acabando y todavía no se ha terminado de instalar el nuevo mundo mental. En cualquier caso eres una excelente compañera de camino, anímate.
—P: Sí, pero es que no sé adónde vamos, no sé qué sentido tiene caminar de principio a fin cada jornada por esta pasarela, no sé,...en fin, ya ves que sigo pensando como una vetusta pensadora, como una ensayista apegada a la prolongada tradición del sentido, de la finalidad, del orden
—S: Platón y Aristóteles marcaron el camino y así seguimos, casi sin desviarnos. Pero tal vez sea suficiente caminar, respirar, vivir, soñar, recordarla siempre, pensar también, contemplar el mar, la pasarela, el amanecer y el atardecer, la niebla,... tantas cosas.
—P: Pero, por qué en esta pasarela, por qué no podemos caminar por encima del mar sin hundirnos, por qué no podemos recorrer y explorarlo todo, por qué no podemos salir de este camino e intercambiarlo por otro, incluso cambiar de vida, por qué se limita así nuestra condición de humanos de paso. Es posible que nos interesase caminar al lado de otra persona por otra pasarela, es posible que se pueda pensar de otra manera, por ejemplo, no soy capaz de evitar preguntarme si Descartes no tendría razón cuando decía que tal vez nuestra naturaleza sea de tal forma que siempre que creemos conocer la verdad nos estamos equivocando.
—S: Muchas y viejas preguntas y todas encadenadas, Wittgenstein decía algo parecido a que si me haces la última pregunta te daré la última respuesta, pero claro si me haces preguntas y preguntas no habrá más que respuestas y respuestas; parece que está claro que no podemos seguir preguntando indefinidamente.
—P: ¿Podremos estar caminando siempre?
—S: Tal vez sí, tal vez sí podamos caminar constantemente, viajar, conocer, hablar, ayudarnos.
—P: Para mí eso no es suficiente, creo que yo sigo esperando a Godot y, lo peor de todo, es que ni siquiera manda a nadie para decirme que hoy tampoco podrá venir.
—S: Todos somos Godot, todos nos avisamos y nos comunicamos, todos podemos ayudarnos, todos estamos acercándonos, ¡hemos llegado ya!, ¿no lo notas? Y aunque quede algo de insatisfacción tendremos que saber llevarlo con dignidad y entereza; somos así, no volamos, no caminamos por encima del mar, no podemos explorar todos los territorios, pero, de todos modos, esto sigue siendo interesante.
—P: Sí, pero con un interés insuficiente.
—S: No, es interesante si le añadimos y otorgamos la emoción humana adecuada a nuestro entusiasmo. Mira, yo conozco a una persona que se reía con todo, vibraba, se llenaba de vitalidad con cualquier cosa y, después de pensarlo mucho, creo y pienso y estoy seguro de que, aunque cualquier hecho no fuese muy interesante, sabía darle el valor adecuado, le otorgaba interés, sólo por el hecho de estar allí las reuniones eran más emocionantes, más dinámicas, más humanas y más positivas y todos estábamos encantados con su presencia y su risa escandalosamente sincera.
—P: Sí, ya sé que somos nosotros los que podemos darle valor a las cosas.
—S: ¿Y entonces?
—P: Pero, ¿qué pasa si se agota la emoción?, ¿y si el interés y el entusiasmo se acaban?, los que hemos estado enamorados sabemos que ese milagro en unos ojos, esa aparición de la fe absoluta en su presencia es la que convierte el amor en salvador, esa sonrisa tan peligrosa y atractivamente significativa, ese trastorno del alma, todo eso, ¿no se convertirá en rutina?, ¿no se apagarán las miradas?, ¿no se ensombrecerán los colores?, ¿no perderemos la fe y la creencia?, ¿no olvidaremos todos los significados?, ¿no regresará la calma y será un laberinto de dunas y desiertos vacíos?, ¿no cesará ese terremoto sagrado?, ¿no dejará de crecer esa “rama dorada” del árbol de la vida?, ¿no nos convertiremos en lo que rechazábamos?, ¿no seremos lo que nunca quisimos ser?, ¿no dejaremos en el camino el pulso, la vibración, el ritmo, el éxtasis,...?
—S: Volveremos a recogerlos al vuelo, porque la belleza, la bondad, la verdad y la alegría están ahí, esperando la oportunidad de que las reconozcamos, en el lugar adecuado, sólo hay que saber mirar. Si uno sonríe adecuadamente está salvado. Recuerda que un día sin risa es un día perdido, ya no te digo una vida grave, seria y gris, esa sería una pena, un derroche, una condena, una imbecilidad absoluta.
—P: No sé si sabría sonreír de tal forma que me hiciese merecer y descubrir la alegría sincera.
—S: Hay que entusiasmarse por algo, eso es lo que lo hace interesante, eso le da valor, lo hace entretenido, provoca un desafío, nos impide aburrirnos en esta vida y en la próxima si la hubiera, nos hace eternos en cada día. Tenemos que ser curiosos y seguir aprendiendo, hay que llenarse de energía gozosa, exultante, extravagante y valiente, aspirar a la excelencia del vuelo de un ave que pasa a tu lado, ponerle pasión a cada paso, inspirarse en la música de Juan Sebastián Bach, en los móviles de Alexander Calder, en las pinturas de Ives Tanguy, en los jardines de Giverny de Monet, en...
—P: Pero para eso hay que darle importancia a lo que se hace.
—S: Exactamente, todo no va a ser el deber y la obligación, hay que liberarse de ese insoportable sentido de la responsabilidad y dejar de ser víctimas del peor residuo platónico del más rancio catolicismo; lo indispensable es sentir la vocación de vivir, complacerse en saltar, como decía Nietzsche “sólo los niños brincan en el aire y bailan de emoción”, por eso hay que ser como niños, inocentes y juguetones para entrar en el reino de los cielos que, precisamente, está aquí al lado, a su lado. Hay que ser adicto a la alegría pero sin atormentarse por el sentimiento ni por el resentimiento trágico de la vida, ni por una hipotética vida después de la muerte, ni por una vida después de la vida. El propósito de la vida es vivir, reír, ser alegre, que nadie se deprima el domingo porque el lunes tiene que ir a un trabajo sin interés. En vez de vida eterna, sábado y domingo eternos; en vez de fin de semana, un continuo fin del agobio y una fiesta de la vida de cien años de placer elocuente, elogiable y agradable, permanente. Hay que aficionarse a vivir sin descanso, a divertirse con y sin sentido, a inventarse efemérides, cumpleaños, santos, celebraciones, rituales; afiliarse a jugar con tanta intensidad que no exista nunca más monotonía y así salir del círculo vicioso y rutinario de la vida cotidiana, superar el despertador, el aseo, el desayuno, el transporte hasta el trabajo o los estudios, el regreso, comer, algo de descanso, algunas necesidades personales, televisión, a dormir y vuelta a empezar; hay que gozar con tal ritmo que la vida se nos quede casi pequeña de tanto usarla y de tanto crecer dentro de ella. Ser ágiles como ardillas y sólo lentos y parsimoniosos en el placer de estar bien acompañados; tenemos que disponer de todo el tiempo para todos los ocios, la vida existe, hay que estar y sentirse embarazado de energía y de tiempo alegre, atentos siempre a todas las calidades que puedan surgir en cualquier parte. La vida no es lo que nos queda después de trabajar y de ser responsables, la vida es el centro y hay que organizar y desorganizarlo todo para vivir, para descansar, para ser, para no ser una máquina ni estar sometido a un ritmo estúpido y abundante sólo en repeticiones. Nuestra vida nos pertenece y no hay que pedirle permiso a nadie para usarla, tenemos tiempo en abundancia y esa es nuestra libertad creativa, nuestro juego, nuestra satisfacción. Nuestra vida es nuestra y lo que queremos es vivir más y mejor, más y más, pero eso no significa más dinero ni más consumo, sino más alegrías y amistades, más generosidad y más valores humanos, más ritmos personales, más medidas adaptadas, más racionalismo apoyando nuestros deseos, más sentimentalismo fundamentando nuestras decisiones, más filosofía en nuestro hedonismo, más ciencia para aumentar los placeres, más tecnología para comunicarnos maravillas, más materialismo para nuestros sueños realizados, más idealismo para nuestro desarrollo, más desarrollo para nuestras amorosas invenciones—intenciones,...
—P: ¡Menudo discurso!, parecen ideas brillantes.
—S: No son grandes ideas, son ideas para una vida brillante, clara y feliz y sin publicidades ni disimulos. Seamos actores privilegiados de nuestras pasiones, dirijámonos a nosotros mismos, démonos la oportunidad de establecer en cada momento nuestras propias metas, cada ahora es la ocasión, cada presente es el momento, cada instante es la oportunidad; queremos, podemos y sabemos ser metódicos en la vida y no considerar más ganancia que la alegría que se consigue y la desidia que se desecha. Yo no quiero ser un ordenador, quiero ver más allá y más lejos, más atrás y más alto, más abajo y más adentro, más alto y por encima de todos los techos y tejados. Que la única preocupación sea vivir y llenar de vida estos tiempos a veces sembrados de silencios.
—P: Es verdad, si Dios, según el Génesis, vio que la luz era buena, y la luz es la vida, la fiesta y la alegría, nosotros podemos hacer lo mismo, experimentar y aprobar todas las luces y colores y sonidos y sabores y olores y texturas y si, en el peor de los casos, algo sale mal, sorprenderse y superarse. Crear cada día, como diosas; descansar una eternidad, como una diosa, porque eso sí que es vivir como las Diosas, ¡o con las Diosas! Además alguien tendrá que pensar que si existiese Dios también tendría inconvenientes, efectos secundarios, contraindicaciones, advertencias, recomendaciones y más de cien indicaciones, ya que todo parece tenerlo.
—S: Eso sí que es una buena aportación, nosotros tenemos que definir lo que es humano y lo que nos importa. Debemos acceder a todas las fuentes de la vida, sin misterios ni imposibilidades. ¡A vivir que son dos días, mil días, un millón de días!, ¡a vivir sean los días y las noches, a vivir sean los días que sean!
—P: Sí, esto debe de ser así, tienes razón, estamos aquí y esto es verdad —dice asombrándose de la aceptación de sus propias conclusiones.
—S: Esto puede ser así para siempre.
—P: Y ahora qué hacemos.
—S: Caminar, seguir, escuchar, acompañar al mar en esta generosidad que tiene con nosotros, esta mansedumbre, este ir despacio y sosegado. Y disfrutar de todo, y no hacer como los religiosos y los creyentes que quieren una eternidad que no les han dado, que necesitan lo que les niega su propia condición humana, que tienen una fe que es la mayor acusación contra ese Dios que les niega eternamente lo que anhelan.
—P: ¿Esto será suficiente?
—S: Viajar, conocer, hablar, amar, claro que es suficiente, mucho más, es sobresaliente, es excelente.
—P: Decía Ibn Arabí: “Mi corazón se ha convertido en receptáculo de todas las formas religiosas: es pradera de gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, tablas de la ley y pliegos del Corán. Porque profeso la religión del amor y voy adondequiera que vaya su cabalgadura, pues el amor es mi credo y mi fe”.
—S: Hermosas palabras.
—P: Sí, y creo que voy a quedarme por aquí. Hasta luego, entonces.
—S: ¡Hasta pronto!, seguro que nos encontraremos de nuevo.
—P: Es posible.
—S: Es seguro.
—P: Te dejaré esto, para que lo leas.
—S: ¿Qué es?
—P: Léelo.

(...
—Creo que me gusta.
—Puede ser, al menos parece que termina con un cierto optimismo.
—Sí, esa especie de renacimiento vitalista me encanta.
—Es que todo lo que sea Renacimiento es más que recomendable, casi me atrevería a decir que tendría que ser obligatorio.
—Pues sí, así debería ser.
—Es que es la mística, la máxima unión con lo absoluto, la unión tan física como mental y carnal, tan placentera como gozosa e intelectual, tan cariñosa como acariciante y perpetua, tan gloriosa como ligera y densa, tan llena de alegría como alejada del pasado y del futuro, tan presente como radical y original, la fusión de dos cuerpos—espíritus amorosos, los dos, el éxtasis divino, la vida en forma de alma bienaventurada, festiva, deliciosa.
—Yo quiero vivir todo eso, pero no sé si existe salvación en la mística o después y más allá de la mística, no sé si podría sobrevivir a la iluminación; se podría producir el encuentro infinito, pero eso no te hace infinito y no puedes resignarte a lo finito, a lo mortal, normal y caduco; si no hay resignación posible, ¿qué se hace?
...)

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