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martes, 18 de octubre de 2011

La superficie de las nubes-7

5. UN DIÁLOGO POCO SOCRÁTICO Y MENOS PLATÓNICO
“Yo amo a quien delante de sus acciones arroja palabras de oro, y cumple más de lo que promete.” (Nietzsche: Así habló Zaratustra)

Sebastián se encuentra con una mujer que parece abatida, llena de dudas. Está sentada en el suelo con la cabeza entre las manos.

—Sebastián (S): ¡Buenos días!
La mujer que duda (D): ¡Buenos días!
—S: ¿Te pasa algo?, parece que tienes un problema —le dice preocupado.
—D: Ya veo que se nota,... es imposible que no se note,... cuando se tienen problemas se manifiestan por todas partes,... no se pueden ocultar,... tal vez ni siquiera se deban ocultar,..., no sé,...
—S: Pero, qué te ocurre.
—D: Es como si fuese un problema de “piel”, me refiero a un tipo de piel simbólica y real a la vez, a la piel que necesitamos acariciar y que necesita ser acariciada, la que desea y quiere dar y recibir cariño, atención, suavidad, caricias, amor, delicadeza, sensibilidad, placer, ternura, gozo, humanidad,... no sé, algo de eso que casi suena ridículo o cursi o patético al decirlo; pero no es necesariamente algo táctil, es más envolvente, más poético. Es difícil de explicar.
—S: No sé, creo que no te entiendo del todo, ¿quieres decir algo sobre algún amor que no es correspondido,... que te han abandonado, maltratado,...?
—D: Ni yo misma lo sé, necesitaría mucho tiempo para aclararme y para poder contarte lo que me pasa.
—S: Tengo todo el tiempo que necesites. Si quieres hablar yo te escucharé, no tengo prisa, no hay prisa.
—D: Eres muy amable, pero no sé por dónde empezar.
—S: Es igual, si el diálogo es sincero y valiente entonces irá surgiendo todo lo esencial, lo verdadero y lo importante. Eso ya lo sabían Sócrates y Platón y siempre ocurre así, si nos damos el tiempo suficiente y necesario; y ahora, aunque no tengamos su genialidad, tenemos ese tiempo.
—D: Puede ser, lo que está claro es que yo necesito hablar con alguien y contar todo lo que me pasa, tal vez no sea nada pero a mí me tiene desconcertada, aturdida, desorientada.
—S: Eso es normal, todos necesitamos hablar, comunicarnos de verdad, amarnos en todos y en los mejores sentidos.
—D: Sí, bueno, empezaré,... no sé,... se me ocurre,... sí, podría comenzar por ese fragmento de la película “Lucía y el sexo”, ¿la has visto?
—S: Sí, la he visto.
—D: Es la escena en la que Lucía, interpretada por la actriz Paz Vega (“espléndida” en todos los sentidos, por cierto), le dice a un chico, que hasta ese momento no la conocía, que está enamorada de él, que lleva tiempo observándolo, siguiéndolo, queriéndolo y él, entre sorprendido y admirado, decide, después de reponerse del impacto, que hay que celebrarlo, que hay que brindar por esa maravillosa suerte ceremoniosa que se da en el comienzo de ese amor; al fin y al cabo no todos los días una chica encantadora te dice que te quiere y se ofrece para quererte desde ese mismo instante. “¡Qué envidia!, ¡qué maravillosa y cochina envidia!”.
—S: A mí también me encantó esa escena, me pareció emocionante y extraordinariamente grata, y no sólo por lo que supone para un hombre y para una mujer hacer el amor de una forma tan hermosa, tan generosa y tan inocente, sin que ninguno de los dos haya arriesgado nada más que su ser; ni compromisos ni promesas, ni vínculos ni futuros, ni proyectos ni esperanzas, ni hijos ni contratos, sólo el amor en el presente, en el bendito, feliz, generoso y gozoso presente de indicativo. No sé si me explico.
—D: Te explicas perfectamente.
—S: Es todo lo contrario a lo que decía Lázaro Carreter de su juventud, cuando decía que las chicas “eran inaccesibles, absolutamente inaccesibles”. O, como diría Nietzsche en su Zaratustra: “En otro tiempo el alma miraba al cuerpo con desprecio: y ese desprecio era entonces lo más alto: el alma quería el cuerpo flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse del cuerpo y de la tierra.”
—D: Es curioso que a los dos nos haya impresionado la misma escena, debe ser por su poca frecuencia; parece que no es muy normal, por más que algunas (y algunos) estaríamos encantadas de que nos ocurriese alguna vez, una vez, al menos una vez en la vida algo así, que un hombre se acercase y ... la alegría podría ser, debería ser así de generosa. Como cantaba Serrat: “De vez en cuando la vida nos besa en la boca ...”.
—S: Es que es estupendo saber que se han fijado en uno, en ti, entre cientos, miles y millones de seres humanos; es maravilloso, sorprendente, te llena de dichosa y recién nacida felicidad, de injustificable y justificado orgullo, de justa y sana satisfacción, de un placer astronómico y no sólo sexual, es eso y es algo más profundo y más hermoso. Y no quiero decir que el placer sexual no lo sea.
—D: Sí, te entiendo, es que el placer es profundo y hermoso. Oscar Wilde decía algo interesante sobre esto, algo así como que los que no saben apreciar la profundidad de la piel y del cuerpo tampoco saben apreciar las delicadezas del alma, pero no me acuerdo de la cita. Y Novalis decía que “el que acaricia la piel de la persona amada está tocando el cielo”.
—S: Es verdad y también es posible que todos los que se han atrevido a disociar el alma del cuerpo (hayan sido tan inteligentes como los pitagóricos, los platónicos, los cartesianos y algunos pensadores cristianos) se hayan equivocado a la hora de valorar la profundidad de la superficie de la piel y hasta la superficialidad de muchas filosofías y de muchas ciencias.
—D: Eso es ir muy lejos, no sé si no será demasiado abstracto. No creo que nadie sufra por el problema de la dualidad alma—cuerpo.
—S: Perdona, no quería hacer teoría, sólo hablar contigo.
—D: No, si no me ha molestado en absoluto, hablar es bueno, coincidir está bien, es la mejor terapia.
—S: Sí, pero me querías contar algo.
—D: Sí, que sería,... que tiene que ser,... que es hermoso,... encontrarse en una situación como esa. Es lo que yo creo que J. S. Bach quiso indicar en el “Magnificat”, “Magnificat anima mea Dominum”, mi alma glorifica al señor, mi alma se ha ampliado, mi alma se ha inundado de amor, del juego divino; mi espíritu se regocija, porque ahora soy bienaventurada, porque has hecho en mí grandes cosas, porque has depositado en mí todas tus complacencias, porque un hombre-una mujer encantadora, un ser humano maravilloso dice que te ama y que está dispuesto a eliminar todos esos convencionalismo tradicionales que les obligaban a los hombres, y mucho más a las mujeres, a ser “inaccesibles”, a resistirse a la felicidad, a la alegría, al placer, al deseo y a la necesidad de amar. Una mujer o un hombre que te sorprenden diciéndote siempre “Sí” desde el primer instante. Un sueño. Pero insisto que no hablo sólo de sexo, hablo de amor, de amistad, del mejor compañerismo; pero, sobre todo hablo de alegría, de bienaventurada alegría, del entusiasmo más contagioso y vibrante, de euforia, de júbilo, de embriagadora y afirmativa lucidez, pura ambrosía.
—S: Sí, eso es cierto, ya lo decía el Arcipreste de Hita en su maravilloso “Libro del Buen Amor”, “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera/ el hombre por dos cosas se mueve, la primera,/ por haber mantenencia, la otra cosa era/ por haber yuntamiento con hembra placentera”. Sólo por lo de “placentera” merecería el Premio Nobel de Literatura.
—D: Estoy de acuerdo, y pienso que con esa palabra no quiso decir sólo complaciente, embelesada y entregada, que ya es suficientemente hermoso y delicado; “placentera” también es llena de vida, de alegría, de vitalidad, reconfortante, bienhechora, generosa, encendida de luz y de armonía,...
—S: Sí, pero sigue contándome, ¿qué relación tiene todo esto con lo que te preocupa? — dice con curiosidad.
—D: Eso es lo difícil, unir esa escena de la película con lo que me pasa, o con lo que creo que me pasa.
—S: Tienes que intentarlo.
—D: Mira, me preocupa lo que nos sucede a los humanos en nuestras relaciones afectivas a lo largo del tiempo, a todos los que viven emparejados de alguna manera y tienen problemas.
—S: Entonces estás preocupada por toda la humanidad.
—D: Tal vez, no sé, lo que me parece es que no tomamos las precauciones adecuadas para evitar los desencuentros.
—S: La vida es así, hay que arriesgarse, si tomas muchas precauciones entonces no vives, si te proteges tanto no te llega nada.
—D: Se trata de vivir, de vivir a tiempo completo, de ser feliz, pero no se nos da demasiado bien.

(...
— Esto es muy interesante.
— ¿Tú crees?, no sé, puede ser un diálogo, pero no es socrático ni platónico.
— Es igual, no es tan importante, tampoco esto es una novela ejemplar de Cervantes.
— Sería mejor una vida ejemplar.
— Lo que verdaderamente importa es que tenga interés, y lo tiene.
— ¿Crees sinceramente que tiene interés?
— Sí y me parece que se refiere a nosotros y a todo el mundo, a los que están envenenados por la ausencia de cariño y de ternura.
— A los que están contaminados por el vacío dejado por el placer y el gozo.
— A los enfermos de ausencia.
— A los que tienen sobredosis de objetos y de cosas, a los que son tan pobres que sólo tienen dinero.
— A los que cada día aguantan niveles insoportables de vacío y de melancolía.
— A los que cada hora necesitarían un trasplante de alegría medular.
— A los que cada minuto, en su silencio, gritan su urgencia de risas.
— A los que cada segundo se les hace interminable.
— A los que arman cada instante de valor y siguen, siguen en el momento.
— A los que van dejando su estela de desierto
— Y a nosotros.
— La verdad es que cada uno vive con el grado de seriedad que quiere, se puede ser feliz y alegremente serio a la vez.
— ¡Ya!
— Tienes razón, se puede y se debe ser feliz, alegre y mantener un nivel de confianza adecuado.
— ¡No deberíamos cambiar en lo esencial, sobre todo en ese alegre entusiasmo de juventud!
— ¡No deberíamos hacer más que aquello que nos apetece con todas las ganas del mundo!
— Eso además de exagerado es peligroso, si todo el mundo, incluidos los niños y los jóvenes, hiciesen sólo lo que quisieran entonces casi nadie haría nada más que vivir dulcemente.
— Bueno, a los niños y a los jóvenes habría que educarlos muy bien en la sabia administración de los goces y caprichos de la vida, pero en cuanto son mayores de edad deben decidir. En cualquier caso, ¿te parece poco lo de “vivir dulcemente”?
—No me parece poco, es que hay más cosas, también hay que estudiar, conocer, leer y saber más.
—Es que todo eso, leer, estudiar, saber más, son verdaderos placeres, ¿y cómo crees que se haría todo eso mejor, sufriendo o disfrutando?
—No se puede disfrutar de todo.
—Eso habría que verlo.
—No, hombre no, ¡cómo se va a disfrutar de algunas partes de las Matemáticas, o de algún rollazo de Filosofía¡
—Con los profesores y métodos oportunos, con la motivación y el interés necesarios, con la sociedad adecuada.
—¡Qué fácil lo pones!
—No lo pongo fácil, lo pongo posible, sólo posible si se tiene verdadero interés en conseguirlo.
—Puede ser.
—¿A que tú haces muy bien aquello que más te gusta?
—¡Sí!, por supuesto.
— Pues de eso se trata, de vivir y de hacer todo como hacemos lo que más nos gusta, como si fuésemos dioses embelesados ante la belleza, ¡ya sabes cómo eran los dioses griegos!
—Algo sé.
—Dioses deseantes y deseados, gozosos, atrevidos, juguetones, que derrochan su ser sin disminuir, que se prodigan en la alegría, que lo regalan todo.
—¡Me dan ganas de apuntarme!
—¡No sé a qué esperas!
—Yo tampoco lo sé.
—Pues es mejor saber que no saber.
—¡Muy hábil!
—Se hace lo que se puede.
—Ya lo creo, haces lo que puedes y más.
—Es difícil hacer más de lo que se puede.
—Pero no imposible, con la actitud y la motivación oportunas, con la sonrisa y el placer necesarios y con el mundo adecuado,...
—Tienes razón, en ese caso sí se puede hacer todo lo que queramos.
—No estaría nada mal conseguirlo.
—Para conseguir algo lo primero hay que proponérselo ...
—Y después acertar.
—Sí, claro, hay que acertar, es verdad; pero ¿no es más fácil acertar en aquello que queremos y deseamos conseguir con todas nuestras fuerzas?
—Parece que sí. Es inevitable concluir que hacer lo que más nos gusta es mucho más fácil que hacer lo que aborrecemos.
—De eso se trata, de cambiar el enfoque, de vivir para “vivir”, no para trabajar ni para conseguir no sé qué cosas, premios o recompensas...
—Es evidente que el mejor premio y la mejor recompensa es vivir, vivir mejor y mayor, hasta más adelante y más lejos,...
—¿Qué quieres decir con eso de vivir”mayor”?
—Todo el mundo entiende y sabe por experiencia eso de vivir mejor, vivir “mayor” sería no conformarse con el pequeño placer para el día y el mezquino y limitado placer para la noche, sería no reducir la potencia y el dinamismo vital a un anquilosado cálculo de lo que se debe hacer para llegar a viejo o a ser alguien o a ser aceptado por la sociedad bienpensante; vivir mayor es vivir más años y más vidas y, si no queda otro remedio, llegar a ser viejos y ancianos, pero felices; felices de haber llevado el testigo más adelante, de haberse atrevido a explorar nuevas fuentes de placer, de haber abierto caminos, fronteras y posibilidades, de haber dejado como herencia sobre la tierra toda la riqueza de su vitalidad, el verdadero ejemplo de lo que se debe hacer: vivir hacia delante, vivir de verdad, un vivir importante y necesario, porque nada hay más importante ni más urgente que vivir y ensanchar la vida.
—¡Me gusta vivir!
...)

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