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martes, 8 de noviembre de 2011

A LA ALTURA DEL AIRE-2

Las diosas y los dioses desde el principio ya saben lo que es bueno y lo que les espera, pero los semidioses lo tienen más difícil, deben averiguarlo por sí mismos, aunque les cueste casi toda su pequeña eternidad.

No es frecuente encargar a un simple ser humano el cuidado y la protección de una Diosa extranjera, sobre todo si es una Diosa huída del Firmamento y que sabe muy bien que no quiere ser retenida ni fijada, que no quiere ser el sustantivo de nadie, que aparecía como un resplandor, iluminaba el Cielo y seguía su camino.
Ni siquiera sabía quién le había hecho el encargo ni qué debía hacer en todo el recorrido, tal era el cúmulo de inseguridades en el que se movía. De todos modos así fue como pudo conocer un poco el nuevo mundo.
Desde el principio debe saberse que el descubrimiento de la Real República de Polombia (P) no se debió, como creen tantos, a un error de pronunciación de una niña pequeña en el siglo I d. d. C. Filólogos minimalistas, poco dados a los excesos, encontraban la palabra bastante adecuada aunque valoraban negativamente su expansión. Otros escritores más dados a las exuberancias barrocas celebraban con alegría el crecimiento desmesurado de un reino que, no siendo de este mundo, tampoco era de ningún otro.

Ningún viajero debe preocuparse por saber cómo se llega a P, cuando se encuentren en el lugar y en el momento adecuados alguien saldrá a su encuentro, eso le indicará que está preparado para iniciarse en la aproximación.
El embajador o embajadora le contará todo lo que quiera saber, aunque saber no es precisamente lo que más desean los que llegan a este Reino; lo que parecen desear de verdad es vivir con intensidad, sin descanso, con tal pasión que tendrían que llorar por cada momento anterior perdido.
Lo que más sorprende a los recién llegados es la simplicidad del modo de vida desarrollado en la República de P, todos y cada uno de los ciudadanos viven como quieren, aprovechan sus vidas, disfrutan sus días, enriquecen su espíritu y suelen dedicarse a las más altas realizaciones del arte.
Si alguna vez tienes la inmensa dicha de encontrarte en P, no pierdas la oportunidad de tu existencia. Vive con intensidad, no calcules demasiado, lánzate cada día al origen de cada uno de tus deseos, abandónalo todo sólo por el placer de proseguir en ese estado de beatitud absoluta y no dudes en apostarlo todo por una sonrisa… el horizonte divino te recompensará con la vivencia de la alegría perfecta.
Si has llegado por la mañana, esa misma tarde serás invitado a comer. Cuando brindéis no te olvides de mirar con sinceridad a los ojos, sólo así conoceréis vuestras buenas intenciones.
Si persigues la Belleza entonces estás en el lugar indicado, el mundo se transformará para ti en armonía, podrás dedicarte a la arquitectura más fantástica o a la literatura más concentrada. Todo será posible para ti si sigues las instrucciones; aunque lo peor de todo es que nadie te dirá cuáles son y, si no las cumples, tampoco nadie te dará una segunda oportunidad ni te explicará por qué no has conseguido llegar al Cántico Espiritual. Es como si tuvieses que intuir, sin indicaciones, que el arte más excelso es el que no se aprende ni se ha estudiado, el que se tiene como un don de la superabundancia, como una necesidad delicada de la ley de tu Ser, tan tierno como armonioso e inevitable.
Cada día que pases en P te parecerá un año, cada semana una vida, cada mes una historia completa desde el origen a la plenitud sin decadencia de un Imperio, cada año una eternidad en ese tiempo que ya no necesita del espacio ni de la duración.
No llames místico a este estado, ni rapto ni ebriedad, no es la inspiración de las musas ni la intervención del Espíritu de la Belleza, es sólo el milagro de la presencia presentida: existe lo que deseas y se manifiesta con tal magia de proporciones que sólo su figura será para ti ya necesaria.
Vivirás como quieras, en un Palacio renacentista italiano lleno de obras de arte, en el mejor hotel del mundo, en la celda más austera de un monasterio o en la montaña más alta. Podrás rodearte de lujos o de renuncias y limitaciones, nadie -sólo tú con el tiempo- sabrá cuál es el camino necesario.
El Juego es muy complicado y, a veces, no sabrás siquiera si ha comenzado, si estás fuera o si sólo eres un simple abalorio engarzado o suelto de un collar de millones de piezas. Imagina un tablero de ajedrez de muchas dimensiones con piezas en todos los niveles y reglas diferentes en cada uno de ellos; puedes también pensar que existen otros niveles más aéreos y otros subterráneos, como catacumbas excavadas que no ves pero que actúan y también puedes dar por hecho que hay alas y alientos invisibles, otras existencias ávidas de palabras perfectas, de gestos exactos y de artes sobresalientes. Jugar es necesario y el simple deseo de ganar está considerado como algo inapropiado, un defecto imperdonable, una falta obscura y un signo de la baja calidad del candidato a maestro del único arte necesario para llegar al Sol sin quemarse ni morir en el intento.
Si una noche de invierno te muestras más inseguro e indeciso de lo habitual has de saber que ya te has desviado del camino; las dudas te abrirán otros cielos y ninguna certeza te acercará más al corazón de un universo que sólo tendrá el centro que tú elijas.
Si quieres valorar la capacidad de tus compañeros, de los que contigo han llegado a esta República Real de P, piensa en todo tipo de enigmas, pues no sabrás nunca qué hicieron ni qué hacen ni por qué han merecido el honor de ser recibidos. Alguna gracia tendrán, pensarás; o tal vez sea que sólo por haber sido elegidos tienen un brillo especial en sus ojos.
No hay sabiduría ni filosofía que valorar ni conquistar, sólo saber vivir con buen tino y no errar en cada jornada.
No esperes método ni tratado, no busques dirección ni sentido, todo sucederá y parecerá un accidente, ocurrirá y será ese el tiempo encargado para vivir. No hagas preguntas.
No serán necesarios sacrificios ni renuncias, nadie te pedirá penitencias ni resignaciones, no tienes que olvidarte del cuerpo ni de los hermosos deseos sexuales; pero el Hedonismo, por más Utópico que sea, tampoco será la única solución.
En algún momento notarás que el alma se serena y que no es una colección de impulsos locos y disparatados, aparecerán luces y hermosuras aún no usadas. Nadie te dirá si debes ser ermitaño o llevar una vida social placentera; si debes casarte o no, tener hijos o no tenerlos; nadie te dirá si debes usar o no anticonceptivos, si el aborto es deseable o detestable o si hay que ayudar a los muy enfermos y ancianos a tener una muerte digna y sin sufrimientos. Serán tus decisiones y no serán mejores ni peores que otras. No hay ni tenemos soluciones y, las que hay, no son definitivas.
Lo que sí te pediremos es que respetes lo mejor del pasado, la historia que ha ocurrido, el arte que nos ha llegado de siglos anteriores, aunque no te guste ni sepas valorarlo.

No encontrarás escrito en ningún lugar que abandones toda esperanza ni que sigas manteniéndolas. No se trata de una religión laica ni de una escuela para superhombres nietzscheanos, no es una secta para dioses iniciados que pretenda hacerte creer que sólo a ti se te revelará la verdad. No sabemos si existe algo parecido a la Verdad o a las verdades, nuestro entusiasmo es escéptico y nuestro escepticismo es bastante entusiasta. Lo que sí está claro es que queremos vivir con pasión.
No esperes la visita de la diosa de Parménides para que te revele la vía del ser y la del no ser; no sabemos cuántos dioses se han escapado con su verdad en la boca, aunque veríamos con satisfacción cualquier paso hacia la mejor amistad, la que se vive con respeto, elegancia, alegría y amabilidad. Y, si hay algún misterio que resolver, que sea el de la vida.

Si has leído hasta aquí te habrás dado cuenta de que también se me ha encargado controlar los excesos de los dioses y vigilar atentamente los abusos que, sin darse cuenta, cometen con los humanos y con los ángeles ateos. Algunas veces los han dejado perdidos, clamando, y con gemidos. Otras veces han quedado desorientados durante años, como si su mente estuviera programada para la alegría más serena y el mundo sólo les diese ruido, impertinencias y temas de escaso contenido.
El control de esos excesos se lleva desde el Alto Comisionado de los Dioses Dionisíacos, porque los apolíneos, como casi todo el mundo sabe, no necesitan control, ya que se dominan perfectamente a sí mismos, lo que los hace sin duda perfectos, puros y aburridos.
La tarea en esta Comisión consiste en anotar los desvaríos, las salidas de tono, el exceso de sostenidos, la acumulación de veleidades y ligerezas, de liviandades y desmesuras… incluso a los dioses les cuesta medir sus capacidades y posibilidades, sobre todo cuando son infinitos. Pero no debemos dejarnos engañar por esa palabra, “infinito”; el infinito en P, entre los dioses, esconde muchos trucos, y así podemos encontrarnos infinitos infinitos, esencias transfinitas, infinitos múltiples y todo tipo de infinitos llenos de encanto, maravillas y de aventuras de Don Quijote.

Entonces, cuando empezó esta historia, era joven y me encomendaron que tomara nota de los mayores atrevimientos. Así anoté una ocasión en la que, sin haberlo organizado ni previsto, algunos seres divinos se entretuvieron, se acercaron y comprobaron si era improvisado el azar o si era conflictivo; al principio les pareció indeciso, como si reuniese todas sus piezas en cualquier momento, otras veces sentían que siempre estaba preparado para estallar en necesidades fortuitas, en colisiones inesperadas, en atracciones poco calculables. Durante días fueron partidarios de defender todos los caprichos de los dioses hasta que un azar inseguro se instaló entre ellos -aéreo, flotante, anemófilo- y los condujo a la creencia, tan injustificada como otras, de que existían tantas posibilidades de vida como uno quisiera y deseara, que a esta vida le seguiría otra y luego otras y así hasta el infinito; y no sólo una vida de nivel superior, sino vidas de niveles inimaginables, iguales, más placenteras, más lógicas, más difusas o más desarrolladas. Es decir, que podía haber muchas vidas eternas y no sólo una, muchas vidas en universos paralelos y muchas posibilidades en cada una, quedándose así los mundos platónicos y cristianos bastante miopes, cortos y empobrecidos. Y es que, de todos los mundos posibles, los platónicos, los cristianos y los creyentes en general, sólo se dedican a despreciar este mundo y a idealizar otro, habiendo como hay millones de infinitas posibilidades de cosmos verosímiles, encantadores y perfectos.

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