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martes, 29 de noviembre de 2011

A LA ALTURA DEL AIRE-29

Óscar siempre estaba atento para recordarnos a todos que no podemos ni debemos reírnos de las confesiones de los demás, tantas veces ridículas, casi siempre demasiado humanas. De todos modos no se olvidaba de La solidez del aire, una especie de entrevista sin ser.

—Cuando me encargaron entrevistar a... no pensé que las cosas pudieran llegar tan lejos, en principio todo parecía fácil, inocente, un puro trámite...
P (periodista)—¿Podría decirme su nombre?
A (anónimo)—No, no puedo.
P—Por qué no puede?
A—En realidad puedo, pero no quiero.
P—¿Por qué no quiere?
A—No es importante saber quien soy o quien dejo de ser.
P—¿Por qué considera que no es importante conocer quién es y lo que hace?
A—Hay miles de millones de seres humanos en este planeta, no es muy relevante saber lo que hace uno en concreto.
P—Parece un comentario muy escéptico.
A—Es posible, vivir un cierto número de años nos hace algo descreídos.
P—A mí me habían dicho que era el campeón del optimismo.
A—Hubo momentos así, fui, he sido, era, soy, tal vez seré siempre uno de los seres más felices y dichosos entre todos los que hayan nacido en este mundo.
P—Entonces, ¿a qué vienen esas dudas?
A—A que a veces lo mejor se acaba y no hay consuelo y lo más sólido es el aire y sientes que te caes constantemente.
P—¿Un desengaño amoroso?
A—No, una verdad amorosa, afectiva, sensitiva, gozosa, alegre, sensual, feliz, placentera...
P—¿A qué viene ese tono de tristeza?
A—Melancolía, parálisis existencial, pérdida de sentido, falta de estabilidad, inconsistencia de las palabras, vida insostenible, caída imparable...
P—Vamos, que está pasando por una mala temporada.
A—Digamos que sí, una mala racha la tiene cualquiera.
P—No lo entiendo, a mí me dijeron que viniera a hacerle una entrevista a la persona más feliz, alegre y placentera y me encuentro a un ser decaído, cabizbajo, apagado y sin ganas.
A—Tal vez sean compatibles ambas posturas.
P—No lo entiendo.
A—Yo tampoco.
P—Me vendría bien comprender algo, ¿te importa si hablamos algo más sobre este asunto?
A—Supongo que la base es absolutamente feliz y dichosa...
P—¿Tu base?
A—Sí, es fundamentalmente alegre, porque cuando conoces la perfección todo está a salvo, todo lo das, todo lo recibes...
P—Parece muy religioso...
A—Suena religioso, pero es terrenal, tan místico como material, humano y perfecto.
P—Una combinación difícil de encontrar.
A—A veces aparece y nada hay más hermoso en el mundo que dejarse llevar por ese horizonte de belleza.
P—Bien, sí, y qué pasó después.
A—Que la dicha absoluta se disolvió en el aire, que la felicidad no quiere explicarse, que igual que llegó se fue, que del mismo modo que me inundó de alegría se llevó mi sonrisa más profunda, que de la misma manera que me otorgó un alma adorable huyó con todo mi ser...
P—¿Y ahora?
A—Ahora nada, creo que ni siquiera llego a ser, no sé si consisto en algo, tal vez sólo este permanecer en la languidez más superficial.
P—Parece autocompasión pura y dura.
A—Puede ser, no me veo muy maduro que digamos.
P—Pero, veamos a ver, tengo aquí anotado, y por eso me han enviado aquí desde la redacción del periódico, que eras el teórico del equilibrio...
A—Sí, es posible, en los buenos tiempos
P—¿Y ahora?
A—Lo que se da puede regresar.
P—No me refiero a lo que puede o no puede ocurrir, estamos hablando de afirmaciones, de posiciones que se defienden, no de posibilidades inciertas.
A—Esto es lo que sabemos.
P—¿Qué es lo que sabes?
A—Que aunque no sepamos nada tenemos que seguir viviendo como si conociéramos el secreto...
P—Pero, ¿lo conoces?
A—Sí, lo conozco.
P—¿Y cuál es el secreto?
A—¡Vivir!
P—Sí, muy bien, pero ¿cómo se vive cuando se ha descubierto?
A—En un equilibrio ambivalente, en una inestabilidad constante, en una iluminación apagada, en medio de una tormenta de lucidez, en un cambiante fluir, en un continuar incesante...
P—¿No puedes concretar más?
A—Sí puedo, sería trabajar como si no nos importase mucho la ambición o el ascenso, como si no necesitáramos recompensas y no existiese el dinero, como si todo lo hiciéramos para los demás.
P—Es difícil.
A—Es amar como si nunca nos hubieran abandonado, como si no hubiese espadas esperando y fuésemos inmunes a la destrucción, como si no existiesen las heridas ni el abandono ni el desamor ni el sufrimiento.
P—Eso no parece muy fácil de hacer.
A—Sería bailar como nunca se ha danzado, expandiéndonos, sin ser conscientes, sin sentido del ridículo, como si se celebrase el ritual de la vida, como si nadie estuviera mirando, como si ya nada nos diera vergüenza.
P—¡Eso suena bien!
A—Cantar para el mundo, para restablecer la armonía, no para ganar dinero ni para obtener éxito ni para ser conocido, cantar anónimamente para la curación de los océanos, para restablecer el Paraíso Perdido.
P—Eso suena muy delicado, me gusta.
A—Vivir como si ya estuviésemos en el Cielo, como si la salvación dependiese de nuestra sonrisa, como si la amabilidad fuese nuestra sustancia eterna.
P—Eso me recuerda al Dalai Lama.
A—Puede ser, es como un continuo despertar sin tarea urgente, un permanecer abierto a ese guiño constante de la luz. La mente está atenta al momento presente y, a la vez, conecta con el pasado y el futuro; sin distracciones ni accidentes, sin tensiones emocionales que nos desmotiven o desvíen, es cuando estamos llenos de energía, relajados, sensibles y abiertos a la vida.
P—Eso parece el nirvana.
A—O el satori, o el orgasmo, o la risa compartida con los mejores amigos, o la unión mística con los dioses en el Absoluto...
P—Eso suponiendo que exista tal Absoluto.
A—Tienes razón, suponiendo que exista; en cualquier caso sería lo que los humanos, dentro de nuestras limitaciones, podemos reconocer por Infinito.
P—Eso es mucho suponer.
A—Pues supongamos menos, lo que quieras. No es tan importante que exista o no ese nivel exagerado de perfección.
P—Sí que importa, si no existe, qué pintamos aquí preparándonos...
A—Aunque no exista nada perfecto, es suficiente el anhelo de perfección que alguien pueda tener...
P—Eso parece una respuesta muy fácil, así podríamos admitir cualquier cosa, bastaría con creerlo, desearlo, esperarlo...
A—Algo así, eso es lo más que podemos ser, creer que podemos desear, que podemos esperar...
P—No me convence, hay que luchar para cambiar el mundo aquí y ahora e intentar hacerlo mucho mejor de lo que es, esa posición tan meliflua es insostenible, no nos sirve.
A—Cada día estoy menos seguro de esas afirmaciones tan categóricas, ya no sé lo que sirve, es posible que la mirada tranquila de un niño que descubre unos simples reflejos en el agua sean más importantes que las decisiones de los altos gobernantes.
P—¿En qué sentido?
A—Puede estar descubriendo la superficie, las apariencias, el truco que nos tiene atrapados a las cavernas virtuales.
P—¿Desconfías de lo que vemos?
A—Digamos que no me fío del todo, ya sabemos bastante de engaños, mentiras, simulacros, ilusiones, manipulaciones, artificios...
P—De algo tendremos que fiarnos.
A—Por supuesto, de esta conversación, de las miradas sinceras, de los buenos sentimientos, de las palabras cargadas de sentido...
P—¿Aunque no duren?
A—Aunque se esfumen en la niebla gris, aunque sólo nos dejen un recuerdo de lo que fue dorado y brillante y hermoso hasta la extenuación.
P—Y sólo por eso...
A—Sólo por eso todo queda justificado.
P—¿Y la guerra y la miseria y el sufrimiento de millones?
A—No, eso nadie puede justificarlo, quedará en la conciencia miserable de los que se atrevieron a perder de vista la inocencia.
P—¿Qué es lo que queda justificado, entonces?
A—Los pequeños dramas de cada día, las vidas de todos, los amores y desamores, las pequeñas conquistas cotidianas, los encuentros y los abandonos, las ilusiones y las angustias, las esperanzas y las desilusiones...
P—Bueno, en realidad todo esto no parece mucho más que cierto hedonismo epicúreo con una pequeña dosis de resignación estoica.
A—Un hedonismo utópico, universal, de largo alcance, que no dejase a nadie tirado en el camino, que otorgase riqueza, educación, atención sanitaria, sonrisas y cariño.
P—¡Muy fácil para escribir!
A—Muy difícil si no se empieza por saber lo que queremos, cuáles son nuestros objetivos y proyectos.
P—¿Es necesario proponerse algún objetivo?
A—No lo sé, pero si alguien siente la necesidad de saber para qué o para quién vive, no estaría mal que estuviera seguro de algo.
P—Eso le ayudaría a explorar el presente que se nos va.
A—Eso le ayudaría a vivir, a explorar todos los abismos, también lo que se nos va y parece que nunca regresa, no sé, es todo tan confuso.
P—Pues para no saber parece que algo tiene que decir.
A—¡Palabras, sólo palabras! Los que de verdad saben apenas hablan y todavía se atreven menos a pontificar sobre cualquier cosa.
P—¡Los que saben!
A—Sí, los que conocen, los que sienten, los que viven desde la intensidad de su ser, saben que cuanto más hablamos menos sabemos, que cuanto más gordo es el libro menos literatura contiene, que todo lo nuestro es extraño.

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