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martes, 29 de noviembre de 2011

A LA ALTURA DEL AIRE-23

Juan les cuenta ahora su delirio:

—EL COLIBRÍ DE GRECIA
De esta forma la amaban todos, a todos les regalaba su alegría, era un placer para todos estar con ella y contemplarla. Sin ella todos notaban que el vaso no estaba lleno ni vacío, simplemente no estaba, que el espíritu no estaba saciado porque no existía, que el alma no estaba tranquila, no se manifestaba, y que el corazón no estaba silencioso, no latía.
Su sonrisa era mi alma, su alma era todo mi mundo, éramos el arco y la flecha, el blanco y la diana y la infalibilidad de cada tiro.
Por eso no queríamos vaciarnos de deseo ni de sueño ni de alegría, queríamos encontrar la paz en nuestro corazón, estar abiertos a nuestro milagro constante; sabíamos y sabemos que sin ese anhelo y ese impulso nos callaríamos y seríamos un dormir definitivo y el temor a no despertarnos nunca más, a no descubrir lo más íntimo del ser, el gran misterio encantado.
Si un colibrí volaba sobre un bosque de bambúes, ella era el alma del colibrí, volaba sobre el bosque y las montañas, se convertía en trayectoria de mimos astronómicos y mejoraba su vuelo infinito. Así, contemplándola, nos hacíamos más sabios y ascendíamos miles de peldaños en su cariñoso aprendizaje; caminábamos en círculos, formábamos espirales, ascendíamos por el tiempo y ya casi sabíamos que nada se puede aprender sólo mediante palabras. Lo más esencial, lo más venerable y sagrado, lo más santo era su sonrisa, su serenidad, sus manos pacíficas y perfectas que ya no buscaban nada más que dar; a su lado se respiraba una inmarchitable luz que desmayaba. Cada parte de su cuerpo era un sistema filosófico perfecto, una doctrina estética lograda, cada parte de cada dedo de sus manos manifestaba la verdad; era verdadera desde el principio hasta en el más mínimo gesto.
La vida era buena y bella a su lado, ni la casualidad ni los dioses se atrevían a perturbarla, todo lo bueno estaba conectado a su mirada, todo resplandecía para que ella viviese su lección diaria de paraíso.
Con ella no eran necesarias doctrinas ni liberaciones, sistemas ni sabidurías, era suficiente mirarla para saber; no había engaño en su ser, a su lado todos eran más grandes, perfectos y sonrientes. A mí me gustaría poder mirar y sonreír como ella, sentarme como ella, tan majestuosa y tan clara, tan inocentemente bella. Sólo cuando has logrado entrar en lo más íntimo del éxtasis puedes aparecer tan bella y radiante, allí donde nada ni nadie se pierde, donde los sentimientos son conocimiento, donde el brillo de la vida es real.
El rojo es rojo, el negro es oro en su cuerpo, el mundo se transfigura en su presencia, como si de verdad se arrepintiese de todo lo malo que ha ocurrido hasta ahora, todo estaba en su sitio.
Los ojos se liberaban de lo visible y se adentraban en el más allá de una sonrisa perfecta, bello era todo el universo cuando se lograba mirar así, sin buscar ni necesitar nada, tan sencilla, perfecta, ingenua e infantilmente como un niño feliz en sus brazos. Bello era vivir así, amable era caminar a su lado por el mundo, todo despertaba a la grandeza de lo que se aproxima a la confianza; lo inexpresable lo expresaba con claridad, el misterio se descubría en sus ojos, todo podía transfigurarlo sólo con su presencia y su figura.
Ella me enseño la lección del amor, cuanto más amas, más recibes; cuanto más das, más te devuelven; cada caricia, cada gesto, cada beso, cada contacto, cada mirada ardiente, cada parte del cuerpo es el secreto del cosmos que despierta al placer del que se ha iniciado.
Así aprendíamos a jugar con la vida, nos divertíamos con todo, con el corazón y con el nuevo sabor de los días; vivíamos con pasión infantil, con la verdad del que goza completamente sus instantes, sin ser nunca más simples espectadores. Era el Cielo y no otra cosa, la paz y el refugio de todas las alturas que penetran en la serenidad.
No había envidias, sólo alegría apasionada, eterno enamoramiento de la primavera, de los pequeños y grandes placeres de la satisfacción.
Estaban de camino a la perfección, sin doctrinas ni palabras, sintiendo un alegre amor por todo lo que existía, redimiendo de una vez para siempre la realidad entera.
Le había ayudado a pensar sin fisuras, a esperar la flor verdadera y a ayunar todo lo posible.
Ya no había desesperación, ni en su ausencia; no existía el hastío, seguían vivos en el colibrí y en las fuentes, en las palabras mimosas que empleaban y en los puentes de cariño que trazaban cada día para conocerse, en el resplandor de sus risa, en sus cabellos de oro de seda.
Ya no esperaban un mundo perfecto, lo vivían sin impaciencia, sin elogios, sin vanidad y sin soberbia; ahora no había impedimentos, los ríos eran también felices y escuchan a las barcas.
El corazón ya estaba tranquilo, el alma se abría a las magnolias, no hay desilusión, sólo pasión y deseo perfectos.
Buscaban la verdad y la alcanzaron, abrazados, sin doctrinas justificatorias, sin aclaraciones ni interpretaciones. El que ha sentido la perfección no necesita ya nada más, puede considerar buenas todas las palabras, todos los caminos, las metas, las uniones, las eternidades, la divinidad.
Lo vivido ya era indestructible, cada instante ya era eterno a su lado, su sonrisa bondadosa era más fuerte que la dureza más exigente, el amor más eficaz que la violencia.
El gozo no debía ser expiado, el dolor no debía ser padecido, todas las locuras que elevaban el mundo tenían que ser cometidas.
La unidad de toda la vida se daba en ella; la disposición de su alma era la clave, su arte secreto, ella podía pensar en cualquier momento, en medio de su vida, en la unidad respirada, por eso resplandecía en su sonrisa y con ella declaraba toda la inocencia del devenir, la perfección del mundo que no querían ver los violentos, los ambiciosos, los contaminados por lo más bajo, los miopes de espíritu.
Su llama nunca se apagaba, no luchaba contra ningún destino, ella estaba por encima de esos juegos. En su sonrisa se manifestó de nuevo la serenidad del saber más dulce y exquisito al que ninguna voluntad se opone, que conoce la perfección del que sabe dejarse llevar al amor, que está de acuerdo con el río del tiempo, con la corriente de la existencia, que se compadece de todo, reconoce los ojos que brillan y brinda de satisfacción.
Cuando alguien busca sólo tiene ojos para el ser que anda buscando y por eso no se da la oportunidad de ver nada más. Buscar significa tener algo que hacer, encontrar es ser libre, y ella estaba abierta a todos los secretos.
La sabiduría no se puede comunicar, no se deja traducir a palabras; pero podríamos decir que todo es bueno y perfecto, que todo lo que existe debe ser cuidado, necesita nuestra aprobación y consentimiento, no nuestra crítica constante. Habría que saber aceptar lo que es, amar lo que es y pertenecer gustosamente a ella.
Y ser extravagante y tener más que palabras, tener por ejemplo la paz del que sabe respirar. Lo que amas es igual que tú, lo que veneras se hace perfecto; el amor es el motivo de todo, amar todo en ella, hasta su engañosa ausencia, reconocer como sublime todas las acciones de la vida, la sonrisa de la perfección, de la simultaneidad.
Agradeció íntimamente con todas las fuerzas de su ser el haber merecido la bendición de ser amado por ella, en su rostro veneró todo lo amable de la Vida, todo lo que podía ser valioso, santo, digno, irrepetible.

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